Lunes 25 de Septiembre, 2017

La Virgen del Rosario, patrona de Cádiz

Carta pastoral de Mons. D. Rafael Zornoza Boy, obispo de Cádiz y Ceuta con motivo del 150 Aniversario de la proclamación de la Virgen del Rosario como patrona de Cádiz. 

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Queridos amigos, fieles de la ciudad de Cádiz:


Nuestra Señora del Rosario, la Alcaldesa Perpetua de la ciudad de Cádiz, es la protagonista de las distintas efemérides que conmemoramos este año, ya que en el presente 2017 coinciden varios aniversarios muy importantes. Celebramos, en primer lugar, el 150 aniversario de la proclamación por la Santa Sede de nuestra Excelsa Patrona mediante una Bula firmada el 25 de Junio de 1867. Además, el 70 aniversario de su coronación canónica, llevada a cabo solemnemente el 4 de mayo de 1947; también el 60 aniversario de su proclamación como Patrona del Consejo de Hermandades, el 3 de junio de 1957 y, finalmente, los 50 años desde su nombramiento como Alcaldesa Perpetua de Cádiz.

Estas celebraciones, unidas a los títulos con que la Virgen del Rosario ha sido proclamada y cuyos aniversarios ahora celebramos, merecen nuestra atención y un oportuno festejo, pero, ante todo, nos hacen volver a la cuestión fundamental. ¿Por qué se proclamó a Nuestra Señora del Rosario patrona de la ciudad de Cádiz? ¿Qué hizo que los cristianos de Cádiz quisieran honrar así a la Virgen María? ¿A qué se debe tanta devoción? La primera respuesta y la más pronta se responde repasando las gracias que la Virgen del Rosario ha concedido a los fieles cuando la invocaron en no pocas dificultades, viéndose protegidos y ayudados por Ella. Todo ello, sin embargo, nos lleva a recapacitar en la valiosa misión que María tiene para cuantos han recibido a Cristo por la fe, tal y como ha sido el deseo de Jesucristo Nuestro Señor. 

»María es Madre, Señora y Reina que nos protege 

María es un miembro eminente de la iglesia, y correlativamente, a la vez, su modelo más logrado, la figura perfecta. La Virgen María es una criatura redimida, y por tanto nuestra hermana, pero como Madre de Cristo es también Madre nuestra. Dice San Anselmo: “Dios es el Padre de las cosas creadas, María es la madre de las cosas recreadas. Dios es el Padre de la constitución de todo. María es la madre de la restitución de todo, porque Dios ha engendrado a Aquel por quien todo fue creado. Y María ha dado a luz a Aquel por quien todo fue salvado”. Ella acoge al Señor, a Dios que se hace hombre, y le hospeda en su seno. No sólo no pone resistencia alguna a su presencia, sino que le ofrece toda su colaboración. Representa, por tanto, a la humanidad que consiente a la gracia. Así es como entra Dios en el devenir del mundo, porque María le acoge en su carne y en su corazón. Desde entonces, Dios cuenta con ella para que su amor maternal de a luz un amor todavía más amplio que llegue hasta nosotros. Ella es a la Iglesia lo que la aurora es al firmamento. Ella le precede inmediatamente, es un icono escatológico, su promesa. En la bienaventuranza del cielo, la gloria de Dios fluye ya a través de ella.

No deberíamos perder esta oportunidad los gaditanos. Acoger a María como nuestra Señora y protectora, como Madre, como Maestra de la fe y de la vida, nos hará avanzar en el amor a Cristo para ofrecer a nuestra sociedad lo que solamente Dios puede darle, a saber, la esperanza, la vida divina, el gozo de ser hijos de Dios y herederos de su gloria, más allá de una mejor economía, de las gestiones políticas y del bienestar.

»La escuela de María

La vida cristiana se aprende, se cultiva, se desarrolla, debe crecer hasta la santidad de cada uno. Quienes piensan que para ser cristiano basta con aprender el catecismo en su infancia se equivocan, porque el cristiano no es un compendio de doctrinas, no es un libro de nociones y dogmas, sino un amigo y seguidor de Cristo, alguien que comparte su amistad íntima. La amistad crece o disminuye dependiendo de la relación, del encuentro y la fidelidad. La vida cristiana, por tanto, es una escuela en sí misma. Toda escuela cristiana auténtica debe conducir a la relación personal con Cristo que acoge su palabra y deja que nos transforme para convertirnos  en testigos, en portavoces. La familia, la parroquia, la escuela católica, etc. es verdaderamente cristiana si permite acoger mejor a Jesús día a día, amarle más, ofrecerse mejor a Él para ser, por Él, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, una ofrenda viviente a la gloria del Padre.

Acudamos a la escuela de María, la primera discípula del Señor, para aprender a ser discípulos, pues la devoción a María no es una escuela corriente, sino una escuela de fe, pues Ella es la que ha creído: “Feliz tu que has creído”. Su fe es obediencia y confianza en Dios aún en medio de un camino oscuro, y enseña a dejarse llevar en manos de Dios, de la verdad. María inaugura de este modo una nueva era con su acto de fe, con su sí que consiente a los planes de Dios al que ofrece todo su yo, su propio cuerpo, su voluntad. Como creyente es la que guarda todas las palabras de Cristo en su corazón (Lc 1,29; 2,19. 1). María es el camino que mejor nos permite aprender a Cristo, a ponernos en una actitud de escucha para recibir su gracias, en una actitud de ofrenda para responder a su amor mediante el don de nosotros mismos. La Virgen María es la que mejor escucha y la que se ofrece por completo a Dios diciendo: “Hágase en mi según tu Palabra”. Esto significa que cuanto más se acude a María más se aprende a ser cristiano, porque Ella nos enseña a acoger la Palabra que Dios nos dirige y a dejarnos transformar, nos ayuda a ponerla en práctica y a llevarla al mundo. Cuantos viven esta experiencia afirman que esta verdadera devoción es “un camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios, en la que consiste la perfección cristiana” (cf. San Luis Maria Grignion de Montfort).

»El Rosario, pozo de sabiduría y arma poderosa

El Rosario es un modo de orar con el que María nos ayuda a contemplar la acción de Dios destinada a los hombres, a través de su propia historia santa. La devoción del Rosario, más allá de repetir la salutación angélica, se configuró como una oración popular establecida, con la predicación e influencia de Santo Domingo de Guzmán, inspirado por la Virgen María. Esta devoción ayudaba entonces, en medio de las desviaciones maniqueas, a explicar los Misterios de la Vida de Cristo al tiempo que calaba en los fieles la oración evangélica del Padre Nuestro y el Ave María. Es, pues, un modo de predicar el Evangelio y de hacer memoria de Cristo y de su Madre, mientras que hace al cristiano intercesor permanente a favor de las necesidades del mundo. Esta tradición cristiana arraigó pronto entre los fieles de Cádiz, hasta el punto de encontrar en el s. XVI cofradías de varones que lo rezaban y propagaban la devoción. Sabemos que la cofradía de esclavos negros, llamada de “los Morenos”, estuvo entre las primeras, y que posteriormente, con la llegada de los Padres Dominicos a la ciudad, se extendió aún más. Una vez que se finalizó el convento de Santo Domingo, en el año 1691, y la iglesia fue depositaria de la imagen de la Virgen del Rosario se propagó tanto el rezo del Rosario que la ciudad contaba con quince Compañías del Ave María, cada una con su estandarte, que convocaban habitualmente a la oración por las calles - y más señaladamente en las dificultades, guerras, epidemias, etc., - como sabemos que sucedió en el conocido caso del maremoto provocado por el terremoto de Lisboa en 1755, cuya gracia salvadora determinó el voto de la ciudad cada 7 de octubre. Todo ello justifica que la Virgen del Rosario fuese proclamada oficialmente Patrona de la ciudad, aunque lo era ya mucho antes en el corazón de los gaditanos. No olvidemos que este patrocinio ha estado siempre vinculado a la oración del Santo Rosario.

No hay oración que nos lleve más directamente de la mano de la Virgen a la contemplación de su Hijo. El Rosario es el medio ordinario más adaptado para perseverar en la escuela de María, para poner en ella nuestro corazón y nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestra libertad. “El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda, espiritual y pedagógica para la contemplación personal, la formación del pueblo de Dios y la nueva evangelización” (San Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 3). El Rosario nos hace entrar, a través de la Palabra de Dios, en los misterios de la vida del Señor, vistos a través del Corazón de Aquella que le tuvo más cerca.

María “meditaba en su corazón” (Lc 2,19) y guardaba su secreto en él. Oraba en silencio. Lo que Ella saboreaba del misterio, del afecto y entrega de su Hijo Jesús no lo descubrirá el estudio de ningún intelectual, sino tan solo quien entre en la oración de la Virgen. Es esa “sabiduría de Dios, misteriosa, escondida por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra… lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón humano llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1Cor 2,7-9). Ella lo enseña a quien quiere, es decir, a quien se acerca con piedad suplicante y con deseo de amar. Éste es el secreto para quienes lo invocan de rodillas en el silencio de la súplica, después de velar a su puerta. Ella, después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, abre su corazón a los que ya se han convertido en sus hijos, pues Jesús había ya manifestado sus secretos a los Apóstoles. Por todo ello, hay que dejarse envolver en el silencio de María hasta ser tocados y conmovidos por su dulzura maternal y profundizar con ella en esa intimidad que nos inicia en el gozo de la vida eterna. El rezo del Santo Rosario nos lo proporciona con sencillez y profundidad.

Cuando recordamos en el año 2017 el aniversario de estos hechos que marcan la historia de los cristianos de Cádiz, ¿cómo no recordar la insistente invitación a rezar el Rosario que hace la Virgen María en las apariciones contemporáneas de Lourdes y Fátima, y en otras manifestaciones, como un arma poderosa de conversión y de gracia para el mundo? ¿Podríamos nosotros dudar de la actualidad del rezo del Rosario? ¿No deberíamos promoverlo más, particular y comunitariamente? ¿No debería ser la oración mariana distintiva de los gaditanos, entregados a Nuestra Señora del Rosario? Si somos verdaderamente conscientes de la gran necesidad y la urgencia del momento que estamos viviendo, con tantos retos espirituales y necesidades materiales, debemos orar más. Pido a los monasterios de vida contemplativa, así como a los enfermos e impedidos por cualquier causa, que se unan, desde donde quiera que estén, con el rezo de su Rosario, a este ejército orante de la Iglesia que supera las barreras físicas y que es inmensamente eficaz, pues el Señor cuenta con ellos para realizar su obra.

»La consagración a María

Que tengamos a la Virgen María como Patrona y Reina supone necesariamente que le rindamos obediencia y honor con nuestra vida. Lo contrario sería una grave contradicción o no pasaría de ser un titulo honorífico sin trascendencia alguna. Solamente cuando somos obedientes como verdaderos hijos, Ella se convierte en una madre aceptada y querida; solamente cuando estamos en disposición real de servir y obedecer, Ella es nuestra Reina. Cuando Jesús deja a su madre María, como madre al Apóstol San Juan, él la acepta como tal: “Y el discípulo la acepto en su casa” (Jn 19,27). Desde entonces Ella ha quedado a nuestra disposición si nosotros la aceptamos acogiéndola en nuestra propia casa - en nuestro afecto y en nuestro servicio fiel - como hizo el Apóstol San Juan, abrazándola como algo enteramente nuestro. Esta aceptación exige amarla como Madre, pero también servirla como Señora, y escucharla y obedecerla como Reina. Cuando decimos que es Madre “mía” o Señora “mía”, realmente queremos decir que somos suyos; no tanto que nos pertenece, sino que Ella puede disponer de nosotros. La mejor expresión de esta amorosa dependencia se llama “consagración”. Amar a la Virgen y desear esta dependencia supone, pues, consagrarse a Ella.

Es mi deseo que la celebración de este aniversario de los gaditanos culmine con una Consagración al Corazón Inmaculado de María, que estará preparado por la novena que ha de hacerse en cada parroquia de Cádiz, y que ha de finalizar con una consagración de los fieles y con un Rosario por las calles de su territorio.

La verdadera escuela de María es su Corazón Inmaculado, que simboliza la plenitud de gracia dada por Dios y el asentimiento completamente libre y total del hombre en respuesta a Dios. Es la ofrenda de sí mismo por amor a Dios y en servicio de los hombres, de la santidad de la Iglesia y de su perfecta realización en la gloria. María está llena de todas esas actitudes, está interiormente llena de todas estas riquezas. Así es su corazón. Ella no solamente quiere compartirlo con nosotros porque nos ama, sino que esta comunicación corresponde a lo esencial de su misión como Mediadora de todas las gracias, desde el momento en que el Señor ha querido glorificarla en el cielo y ponerla como intercesora nuestra en la tierra. Ella anhela este mismo amor para cada uno nosotros, sus hijos, así como para nuestras comunidades, y para la Iglesia entera, de la cual Ella es la Madre, y pretende derramarlo sobre el mundo entero.

La consagración total de nosotros mismos a Jesús por María, es el medio más seguro para entrar en su escuela maternal y para vivir de sus dones. La manera como se opera la santificación de nuestra vida es por la impregnación de la vida de la gracia en nosotros. Esto se realiza aprendiendo a amar a Jesús con Ella y como Ella, permitiendo así que ejerza su maternidad y su realeza sobre nuestros corazones. Es necesario, pues, dejarse habitar por las mismas disposiciones interiores que el discípulo y santo Apóstol Juan. Ella misma, entonces, nos transmite su modo de relacionarse con Dios Padre, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. Este proceso concluye en la entrega sin reservas a Dios, en una verdadera consagración. La Virgen María nos invita a acoger generosa y confiadamente la presencia de Jesús en nosotros, ayudándonos a renunciar a nosotros mismos y a ofrecer todo a Dios para que Él actúe en nosotros y a través nuestro de modo concreto y profundo ¿Quién acogió mejor a Jesús en su venida al mundo en la carne sino María? Ella le acogió y El se encarnó en su seno. Ella ahora nos enseña a acogerle en nuestra vida con amor y disponibilidad para que sea Él quien viva en nosotros. En la escuela y consagración de María aprendemos a vivir una auténtica conversión para contribuir eficazmente a la salud del mundo y a la renovación de nuestras comunidades cristianas y de nuestra diócesis.

»Nuestra Madre María, la Virgen del Rosario

María es Madre. Vivamos como hijos de María en la vida, experimentando la vida de la gracia y el testimonio de vivir como cristianos ejemplares, atentos a Dios y a las necesidades de las personas, especialmente de los pobres y desfavorecidos. La Virgen María no sólo se alegra de darnos a luz a la vida nueva, sino que también nos enseña a colaborar para que muchos otros lleguen a tenerla a través de la fe y del amor, por la oración y el ofrecimiento de la vida. Ella en Belén alumbró al mundo al Hijo Unigénito de Dios pero en la cruz contribuyó al nacimiento de todos los hombres a la vida sobrenatural y divina que nos consiguió Jesús muriendo por nosotros. La cooperación de María en la misión y la acción de la Iglesia se realiza ayudándonos a crecer con su intercesión, ejemplo y protección. Los misterios del Rosario nos enseñan a recorrer la vida del Señor compartiéndola con la nuestra, de modo que, íntimamente unidos, vivamos las cosas gozosas, luminosas, dolorosas y gloriosas. De este modo María nos lleva de la mano unidos a Ella y al Señor.

Vivamos unidos esta celebración participando de corazón en los actos preparados, cuyo programa se os ofrece, y que de fruto copioso en nuestra vida esta siembra de gracia que nos viene por la “llena de gracia”. La diferentes conferencias programadas, el Rosario Público por Cádiz Interior, la Procesión Extraordinaria Mariana, la Visita de la Patrona a las Parroquias, etc., son el cauce y la oportunidad para que, con María, Nuestra querida Madre, renovemos nuestra fe. Os aliento a todos vosotros, pueblo fiel del Señor, y pido en especial a todos los sacerdotes, consagrados, catequistas y demás agentes de pastoral, hermanos cofrades, etc., a vivir estos actos programados como una gran oportunidad, y que acudáis a estos gestos de veneración de Nuestra Madre la Virgen Santísima que son, además, un testimonio público de la fe que profesamos. Providencialmente María nos introducirá en este año especial en el que celebraremos también el Jubileo Diocesano.

¡Ánimo, queridos gaditanos! Aprovechemos esta celebración para dar al Señor lo que verdaderamente nos pide como expresión de nuestro amor a la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Renovemos, con la Virgen del Rosario, ese amor y esa fe que ha distinguido a la ciudad de Cádiz a lo largo de su historia. Que la Virgen del Rosario, victoriosa de tantas batallas, sea la galeona que siga surcando con cada uno de nosotros los mares de nuestra vida para que lleguemos sin temor al puerto de la salvación. Con Ella venceremos las tempestades interiores de nuestras tentaciones y las tormentas exteriores del mundo relativista y secularizado. Descansemos de nuestras luchas en su regazo maternal y que su tierno cuidado nos aliente para dejarnos llevar por la fuerza del Espíritu Santo a anunciar a Cristo, Nuestro Señor, de modo nuevo, valiente y vivo. Con Ella seremos testigos de las maravillas de Dios y del poder de su amor que hace a las personas felices y les da como herencia la Vida Eterna.

Con gran afecto, unidos al Señor en el regazo maternal de su Madre, Santa María, imparto a todos mi bendición. Nuestra Señora del Rosario: ruega por nosotros.

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta
 

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