Sábado 21 de Octubre, 2017

Proyecto Pastoral Diocesano

Diócesis

Carta pastoral al inicio de Curso de nuestro Obispo diocesano, Mons. D. Rafael Zornoza

Lee y Descarga el Proyecto Diocesano de Pastoral 

 

Índice

Invocación al Espíritu Santo

El Año Jubilar de la Misericordia

La alegría de evangelizar 

Por Cristo, con Él y en Él 

Misterio de gracia y comunión

¿Vale la pena impulsar un proyecto de pastoral común? 

PROYECTO PASTORAL PARA LOS CURSOS 2016-2020

NUESTRO RECIENTE CAMINO: GRATITUD Y ESPERANZA

1. LA ATENCION Y CUIDADO DE LOS NECESITADOS

2. LA RENOVACION PASTORAL

“PUNTO DE ENCUENTRO” DIOCESANO PARA DISCIPULOS MISIONEROS

ESCUELAS DE DISCIPULADO

Escuela de Discipulado

Escuela Kerigmática 

OTRAS ACCIONES APOSTOLICAS NUEVAS 

ESPECIAL ATENCIÓN A LA PASTORAL ORDINARIA 

La transmisión de la fe: la catequesis

Pastoral de la familia 

Juventud, infancia y adolescencia 

Instituto Diocesano de Teología

Pastoral vocacional

La renovación parroquial

Encuentro Diocesano de Laicos

La formación permanente de los sacerdotes

3. PROGRAMACION

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Querido fieles todos de la Diócesis de Cádiz y Ceuta: 

Inauguramos este curso un nuevo plan diocesano de pastoral. Hemos finalizado el plazo de tres años en el que planificamos con varios objetivos, sencillos pero ambiciosos, nuestra pastoral diocesana. Agradezco a todos, sacerdotes, consagrados y laicos, vuestra generosa participación y vuestras valiosas aportaciones para elaborar este programa que tan solo pretende marcar un camino que podamos seguir unidos, de modo que avancemos más eficazmente en la misión que se nos ha confiado. Ante el reto de un proyecto nuevo de pastoral es imprescindible, ante todo, invocar al Espíritu Santo. 

INVOCACION AL ESPIRITU SANTO 

El Espíritu Santo, manado del costado abierto de Cristo en la cruz, es el verdadero creador interno de la Iglesia. Su olvido en la vida cristiana se convierte siempre en rutina interior en la acción pastoral de la Iglesia. El Espíritu Santo es su Ley interior, la única Ley que tiene poder de santificación para los hombres, ya que sólo Él que es amor, posee la energía capaz de recapitular en la persona todos los elementos dispersos que la constituyen. “Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo se queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia no pasa de simple organización, la autoridad se convierte en dominio, la misión en propaganda, el culto en evocación, y el quehacer de los cristianos en una moral propia de esclavos. Pero en el Espíritu Santo, el cosmos se levanta y gime en la infancia del Reino, Cristo ha resucitado, el Evangelio aparece como potencia de vida, la Iglesia como comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación, el hacer humano algo divino”1

Es el Espíritu del consuelo o de la solidaridad: “Yo rogaré al Padre para que os envíe otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros” (Jn 14,16). El Espíritu no desenmascara nuestra verdad como fiscal, sino como Paráclito: como consolador, defensor, abogado, defensor, compañero, solidario. “Sin esta fuerza protectora, estabilizadora y alentadora desesperaríamos de la fecundidad de la verdad”. El Espíritu nos habilita para ejercitar la paráklesis mutua: la exhortación y la consolación; no una exhortación moralizante o culpabilizante, ni un consuelo piadoso y tranquilizante, sino la exhortación que suscita en el otro lo mejor de sí; un consuelo que proporciona al otro, frágil como yo, un suelo donde apoyarse sólidamente; un consuelo en forma de solidaridad protectora y paciente. Es el Espíritu de la fidelidad y de la perseverancia. Es el amor fiel e irrevocable de Dios. Es la presencia (shekiná) de Dios que mora y permanece siempre con nosotros. Es la fidelidad tierna e inconmovible de Dios, que nos da fuerza para resistir en la prueba, para la “paciencia histórica” hoy más indispensable que nunca. Es la constancia de Dios. Es la amplitud de Dios que nos da respiro. Es la misericordia de Dios, fundamento de nuestra esperanza2

La Iglesia se queda vacía por dentro, cuando en alguno de los puntos de su existencia espacio-temporal, el Espíritu no es interiormente aceptado; sus dimensiones externas, doctrina, leyes, ritos, etc. se esclerotizan, resultando inevitablemente infecundos. Por esta causa se reconoce en la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi que “las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin Él. Sin Él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu del hombre. Sin Él los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor” (EN 75). 

Es el Espíritu quien interioriza en cada persona las diferentes instituciones de la Iglesia. De esta manera el hombre se construye desde la más íntima convicción en el seno de la comunidad cristiana y, en consecuencia, ni el hombre ni la comunidad se desarrollan como productos artificiales, sino como hijos de Dios y como espacio viviente de la nueva humanidad creada en Cristo Jesús. 

EL AÑO JUBILAR DE MISERICORDIA 

Aún estamos celebrando el jubileo extraordinario de la misericordia que nos propuesto poner en el centro de nuestra atención la misericordia de Dios y nos ha enviado a anunciar el amor de Dios al mundo. ¿Qué importancia ha tenido esta propuesta? Hemos podido comprobar de nuevo que, aunque nuestra cultura critica la religión y desprecia la misericordia como signo de debilidad por el sueño de un ser humano prometeico y dominador de todo, el dominio del “materialismo científico” ha provocado el sufrimiento de pueblos enteros y ha manifestado la falsedad de las grandes ideologías, manifestando con crudeza el desvalimiento y la orfandad de las personas. 

Para que el hombre se comprenda a si mismo es imprescindible conocer este amor del Padre que es misericordia. Prescindir de Él hace que el hombre no se comprenda a si mismo y priva al mundo de un espacio de verdadera fraternidad, mientras que su poder cada día mayor, amenaza con destruir el género humano. La gravedad de las guerras, así como del problema ecológico, tienen su raíz en la crisis antropológica que impide al hombre conocerse a si mismo y su posición en el mundo. El Papa Francisco, en continuidad con las intuiciones centrales del Concilio Vaticano II y de sus predecesores ha subrayado la idea de que la Iglesia salga al encuentro del hombre de hoy, con la fuerza del Espíritu Santo y con el testimonio del Evangelio para que sea posible el cambio que necesita nuestro mundo, la conversión que se produce cuando se conoce al Padre Misericordioso y se experimenta su amor inmenso.

Nuestro punto de partida para el proyecto pastoral que queremos iniciar ahora es esta misericordia que venimos acogiendo, celebrando y expandiendo, que es el fundamento de la existencia y la más honda raíz de la caridad cristiana que ofrece consuelo a todos los necesitados, que abraza a los menesterosos de justicia, de trabajo, de bienes materiales para subsistir, así como a cuantos viven sin esperanza o ciegamente perdidos en el mar de la existencia. 

Dios rico en misericordia hace suya nuestra miseria haciéndose hombre vulnerable, pequeño y mortal. Pero se hace hermano nuestro para afirmar nuestra dignidad y para que nuestra realidad, unida para siempre al Padre, adquiera su plenitud. De este modo Cristo se proclama “luz del mundo” para que caminemos “en la luz de la vida” (Jn 8,12) y lleguemos a la plenitud de la resurrección: “el que está vivo y cree en mi no morirá para siempre” (Jn 11, 26). 

El encuentro con la misericordia de Jesús abre un nuevo horizonte para la existencia. No obstante, acogerla con decisión libre supondrá siempre una opción controvertida que siempre ha generado oposición, pues Cristo es signo de contradicción. Quien cree en Jesucristo, sin embargo, puede asumir el desafío del sufrimiento y el drama de la vida del otro y puede mostrar a Dios cuyo amor sin límites se acerca permanentemente a nosotros. Quien acoge su misericordia acepta participar en la vida de comunión con Dios abriéndose a su amistad y participando de su alegría, percibe el bien del perdón recibido por la fe y el bautismo y por el sacramento de la reconciliación, abriéndose a caminos de vida nueva. 

El amor infinito de Dios nos lleva a abandonar nuestra vida a su voluntad, sin desesperación ni desaliento, a no dar a nadie por perdido, a no justificar el pecado ni la injusticia, a hacer propia la miseria del otro y salir a su encuentro. La experiencia de misericordia es lo contrario de encerrarse en si mismo, de la autorreferencialidad, y el trampolín para amar al prójimo como a si mismo (Mt 22,39). Las obras de misericordia nos enseñan la forma de estar en el mundo, atentos a las necesidades reales del prójimo, animados a vivir en comunión. Este estilo de vida cristiana produce una comunidad, un pueblo, abierto a Dios y a los hermanos, que desprecia la soberbia, y el egoísmo insaciable. Así el Espíritu nos abre a la vida en unidad, como hermanos, liberados de toda esclavitud, con el señorío cristiano del servicio. 

Os invito afrontar este nuevo proyecto de pastoral como fruto de la experiencia de la misericordia de Dios que estamos compartiendo en este Año Jubilar, como propuesta, proclama y exigencia del amor inabarcable del Señor que quiere llegar a todos.

LA ALEGRIA DE EVANGELIZAR 

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre… Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos» (Mc 16, 15-18). Desde sus orígenes y desde lo más hondo de su ser, la Iglesia de Jesucristo es una Iglesia misionera. El Señor encargó a los discípulos el anuncio de su Evangelio a todos los pueblos y hasta el fin del mundo. Los cristianos nos sentimos responsables de la salvación y de la felicidad de nuestros hermanos. Sabemos que la felicidad y la salvación solo vienen de Dios por medio de Jesucristo, Salvador de todos los hombres. En el momento actual no parece estemos viviendo esta vocación misionera con la fuerza requerida. Hace tiempo que los papas nos están animando a intensificar este carácter misionero de la Iglesia. No podemos dudar de que esta llamada, tan insistente, sea una llamada del Espíritu de Dios. Este fue ya el mensaje de fondo del Concilio Vaticano II. Así nos enseñaron también a entenderlo y vivirlo tanto san Juan Pablo II como el papa Benedicto XVI y, antes, el beato Pablo VI, cuando en la exhortación Evangelii nuntiandi señalaba que «la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia. (…) Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar»3 . Ahora, el papa Francisco, también siguiendo el impulso del Concilio Vaticano II4 , nos ha vuelto a insistir con especial fuerza en Evangelii gaudium, llamándonos a una «conversión pastoral». Con palabras apremiantes nos ha invitado a inaugurar «una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría»5

Con estas precisas palabras se introduce el plan pastoral de la Conferencia Episcopal Española para los próximos años6 que nos recuerdan certeramente el fundamento para nuestra acción ordenada y en comunión. 

Somos conscientes de que esta misión a la que estamos llamados imperiosamente exige una “conversión misionera”7 que no es sencilla, pero también que debemos salir de nuestras inercias para pasar “de una pastoral de mera conservación a una pastoral misionera” . Si somos conscientes de que esta convocatoria está suscitada por el Espíritu Santo nos sentiremos, sin duda, requeridos por El y pondremos los medios a nuestro alcance dejándole actuar. Todos estamos invitados: los sacerdotes, religiosos, movimientos y asociaciones, cofradías, etc., especialmente cuantos ya colaboráis con vuestra entrega y apostolado, generoso e indispensable, que es garantía de fidelidad. Pero se nos pide algo más: no se trata tan solo de actuar, sino que es la única respuesta a la crisis espiritual que padecemos y el modo de recuperar una fe viva y activa en Jesucristo, Nuestro Señor. Pasemos de la tibieza al fervor, empapados de la mirada compasiva del Señor a nuestro mundo, como hemos experimentado en este año de la Misericordia. 

Por encima de la pobreza material, hay otra menos visible, pero más honda, que afecta a muchos en nuestro tiempo y que trae consigo serias consecuencias personales y sociales. La indiferencia religiosa, el olvido de Dios, la ligereza con que se cuestiona su existencia, la despreocupación por las cuestiones fundamentales sobre el origen y destino trascendente del ser humano no dejan de tener influencia en el talante personal y en el comportamiento moral y social del individuo. Lo afirmaba el beato Pablo VI citando a un importante teólogo conciliar: “Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero, al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre”8La personalidad del hombre se enriquece con el reconocimiento de Dios. La fe en Dios da claridad y firmeza a nuestras valoraciones éticas. El conocimiento del Dios amor nos mueve a amar a todo hombre; el sabernos criaturas amadas de Dios nos conduce a la caridad fraterna y, a su vez, el amor fraterno nos acerca a Dios y nos hace semejantes a Él. Es Jesucristo quien nos ha dado a conocer el rostro paternal de Dios. Ignorar a Cristo constituye una indigencia radical. Como cristianos nos duele profundamente la pobreza de no conocerle9. Pero quien le conoce de verdad, inmediatamente lo reconoce en todos los pobres, en todos los desfavorecidos, en los “pordioseros” de pan o de amor, en las periferias existenciales. 

La Iglesia, recordémoslo una vez más, es constitutivamente misionera, una familia de corazón universal que no puede guardar su tesoro sólo para si sin pervertir su misión y perder su frescura. Cuando utilizamos hoy el término de misión se refiere a toda la evangelización de la Iglesia y todas sus manifestaciones, aunque sean más propias de su vida interna comunitaria, lo cual nos exige asumir la “misionaridad” de la comunidad y de cada bautizado como un desafío personal a la fe que profesa, que al asumirlo nos hace “sentir con la Iglesia”. “¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?” – nos preguntaba el Papa Francisco –10.¿Seremos capaces de hacer de nuestra comunidad una diócesis misionera? 

El papa Francisco nos lo ha recordado vigorosamente: «La predicación cristiana encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo»11. El Santo Padre nos ha facilitado numerosas pistas de reflexión para afrontar los retos, acercándonos a todos los fieles, a los hombres del mundo entero y, sobre todo, a los más cercanos con sus sufrimientos y pesares, y con las aspiraciones de su corazón, a cuantos quisiéramos llegar para ofrecerles el amor gratuito de Cristo Salvador. Os invito a profundizar en la reflexión que hemos comenzado en nuestras I Jornadas de Renovación Pastoral, cuyos textos –que serán publicados próximamente-- recomiendo estudiar en los distintos consejos parroquiales, arciprestales, etc. como ayuda y certera orientación. 

POR CRISTO, CON EL Y EN EL 

Debemos ser conscientes, ante todo, de que nuestra actividad pastoral tiene que centrarse hoy en el anuncio directo de Jesucristo y de la bondad de Dios, si quiere lograr al nacimiento y fortalecimiento de la fe personal y comunitaria; hemos de presentar a Jesucristo, salvador único y universal, que hace presente en la Iglesia su misión al servicio de todos los hombres, configurándola como sacramento universal de salvación. La Iglesia no tiene otra riqueza ni nada más valioso que ofrecer que la única riqueza y la única palabra que tiene: Jesucristo. Esta es la aportación que el mundo necesita y espera; esto es lo que la Iglesia debe hacer en estos momentos ante la situación tan difícil que atravesamos: ser Iglesia. Ser Iglesia es anunciar, dar testimonio de Jesucristo, entregar a Jesucristo. La mejor y más grande obra de misericordia que podemos llevar a cabo es confesar y anunciar a Jesucristo, Salvador y esperanza para los hombres de hoy. Queremos que aquello que nosotros hemos conocido, esto es, el amor de Dios revelado en Cristo, sea motivo para la esperanza de cuantos carecen de ella, instalados en la finitud de una vida sin fe en el destino trascendente del ser humano, y sin otra alegría que el goce de cuanto de bueno y bello encierra esta vida terrena, don de Dios pero, al mismo tiempo, a causa del pecado, amenazada por la muerte12. Solamente el amor incondicional a Cristo hace contagiosa la evangelización, la presentación de Jesús el Salvador, y proporciona el nuevo ardor al evangelizador, enamorado para estar comprometido. Por consiguiente, para anunciar la Palabra de Dios hemos de ser «contemplativos de la Palabra», pero también tenemos que ser «contemplativos del pueblo»13, para saber cómo presentarles de manera comprensible y atrayente, en su situación humana, el verdadero Evangelio de Jesús, la presencia salvadora del Padre celestial. 

Nuestra esperanza es la fidelidad y el amor de Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la felicidad de su gloria (cf. 1 Tim 2,4). Cristo resucitado despliega el poder de Dios y la salvación a todos los hombres con la fuerza de su Espíritu (Mt 28, 18-20). El ha vencido al mundo, ama infinitamente a cada uno, no cesa de actuar para nuestro bien y llega a todos los corazones. Sale al encuentro de cuantos andan perdidos y buscan con sinceridad la verdad definitiva de la existencia y el sentido de la vida14. Muchos, además, abrumados por las recientes crisis llenas de dolores y anhelos vuelven la mirada al Señor viendo el deterioro de la existencia sin Dios y la mano tendida por la Iglesia en el buen hacer de sus instituciones y el valor de la caridad. Tenemos, pues, una grave responsabilidad ante Dios, que nos mueve más a ser fieles a la misión recibida. No podemos quedarnos indiferentes, ni tampoco dejarnos dominar por el miedo, el pesimismo o el desánimo, sino que tenemos que actuar siendo más fieles a la misión recibida por el Señor, revisando nuestra manera de actuar y superando los obstáculos para anunciar el Evangelio de Jesús con más eficacia. La fe en Jesucristo y el reconocimiento del valor eterno de su Evangelio nos dan ánimo y nos impulsan a revisar nuestras actuaciones y a renovar nuestro estilo pastoral en lo que sea necesario. Estamos seguros de que no nos faltará la ayuda del Señor. Abandonados en las manos del Señor, hacemos nuestras las palabras del papa: «Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!»15

MISTERIO DE GRACIA Y COMUNIÓN 

Todo seguimiento de Cristo supone, después del primer anuncio, la pastoral de la gracia. La vida de todo discípulo y su experiencia de fe es caminar según el Espíritu, vivir según las inspiraciones del Dios para superar la tentación y crecer en santidad. “Vivir según el espíritu” (cf. Gal 5, 22.25) equivale a buscar a Dios por encima de todas las cosas y a luchar, con su gracia, contra la propia inclinación al mal y al pecado. De este modo, con la fuerza del Espíritu Santo que habita en nosotros, podemos vencer el pecado y la muerte, la carne (Rm 8,13) y la esclavitud de la Ley. El destino de este nuevo modo de existencia es la resurrección y la vida eterna; es decir, la participación plena en la victoria de Cristo. Podemos, por consiguiente, realizar la vocación auténtica del hombre; que es la vocación a la caridad, al amor que nos une a Dios y que construye la solidaridad entre nosotros. 

Esta pastoral que debemos propiciar a los demás es la que nosotros mismo antes hemos de vivir. Esta nueva vida, que es la vida cristiana, requiere la conversación con Dios en la oración asidua, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la vida de gracia acrecentada en el sacramento de la penitencia y alimentada en la eucaristía, etc. que requiere normalmente el acompañamiento espiritual. Es necesario recordar que Cristo, sacramento de Dios para el mundo, nos ha dejado los sacramentos como centro de la vida y acción de los cristianos. Toda acción evangelizadora debe referirse, antes o después, a la vida sacramental, pues nos incorporamos a la vida divina por el bautismo y la acrecentamos habitualmente por la eucaristía y la penitencia, perseverando y creciendo en ella hasta la vida eterna. Lo único necesario es ser santos, dejando que Dios haga su obra en nosotros por medio de la oración, los sacramentos, la vida de comunidad, la caridad y el servicio apostólico: santos que evangelicen personas, familias, parroquias, comunidades, movimientos y asociaciones, que emprendan nuevas acciones y nuevos métodos de forma creativa en comunión afectiva y efectiva con la Iglesia. Solamente la experiencia de encuentro y relación con Dios cambia nuestra vida y la llena de sentido dejando que, por la obra de la gracia de Dios, cualquier acción, método o estructura sea fecunda. 

Con esta confianza, abandonados en las manos de Dios y sirviéndole con gratuidad, podremos avanzar sin desánimo dejando nuestra humilde siembra a su cuidado y desprendidos de toda gratificación. 

Con la pastoral de la gracia y de la santidad se sostiene la perseverancia, el compromiso, el discernimiento de la voluntad de Dios para vivir creciendo al servicio de nuestra vocación y misión, y la entrega y el testimonio hasta el martirio. Por esto, el papa San Juan Pablo II recomendaba para el nuevo siglo y milenio en que vivimos esta pastoral, como ancla segura de perseverancia y crecimiento en la fe16

La comunión es el signo de la presencia de Dios, uno de los valores imprescindibles para que nuestros trabajos den fruto. Su pérdida o ausencia constituyen una de las carencias más graves que, por añadidura, hacen infecundo el apostolado. No se trata de vivir entre nosotros con una simple coordinación propia de cualquier empresa organizada, sino de vivir unidos en la fe y en la caridad con un amor sincero que se traduce en docilidad, espíritu humilde de colaboración y de mansedumbre filial para emprender los trabajos compartidos. Se trata de esa unión que pide el Señor al Padre y que es signo de la acción del Espíritu Santo en medio de nosotros, que requiere apertura y desprendimiento de sí con sentido sobrenatural. Debemos pedir la comunión como un don y colaborar responsablemente para obtenerla, correspondiendo a la gracia de Dios. Esta “Iglesia en salida misionera”17 “se rejuvenece, se renueva y es llevada a la perfecta unión con el Esposo con la fuerza del Evangelio”18 también con nuevas formas que la renuevan y rejuvenecen, como son los nuevos carismas particulares y experiencias que han surgido para comunicar un anuncio más fuerte de la fe en un mundo profundamente secularizado, y mediante la novedad de su vida son capaces de dar testimonio eficaz de amor, de unidad y de alegría19. Tanto los carismas extraordinarios como los más comunes son frutos del Espíritu Santo que “deben ser recibidos con gratitud pues son muy útiles y adecuados a las necesidades de la Iglesia”20, si bien es cierto que es necesario un camino de conversión para una buena relación entre los diversos dones de la Iglesia y su inserción fluida en las Iglesias locales21, sin que se conviertan en entes autónomos respecto a la Iglesia particular- 

Esta realidad viva y en crecimiento nos llena de esperanza, pues nos proporciona verdaderas posibilidades para vivir la vocación cristiana y la misión evangelizadora de la Iglesia, aun reconociendo que nos queda un largo camino por recorrer hacia la madurez eclesial, de modo que sean un verdadero enriquecimiento de la Iglesia local. 

¿VALE LA PENA IMPULSAR UN PROYECTO PASTORAL COMUN? 

El proyecto que os propongo iniciar ahora como nuevo plan-pastoral, en continuidad con el intenso trabajo realizado durante años por toda la comunidad diocesana, responde a la pregunta que hicieron a los apóstoles aquellos hombres conmovidos por su predicación: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (cf. Hech 2,37). Es la pregunta que nos hemos hecho a la que quieren responder las indicaciones de este proyecto elaborado entre todos nosotros para servir ahora con gozo al Señor y a nuestros hermanos. 

Hacer un programa es siempre marcar un rumbo y unir fuerzas para lograr algún objetivo. Está fuera de toda duda que cualquier empresa humana si se organiza es más eficaz. Es indudable que nuestro impulso pastoral está marcado sobre todo por la gracia de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, pero que, ya que el Señor cuenta con nuestra colaboración y nuestros medios humanos, debe tener también los apoyos de cualquier acción organizada y todos los recursos a nuestra disposición. 

En estos años de mi pontificado en la diócesis he podido comprobar la eficacia de los objetivos propuestos en nuestra pastoral, con la ayuda inestimable de fieles, sacerdotes y religiosos, y el inmenso bagaje de todo el trabajo anterior realizado en la diócesis durante generaciones. Mi apreciación, por tanto, es que sí tiene sentido el rumbo que nos hemos marcado, de manera que este camino diocesano pueda avanzar en sintonía con el propósito y la visión que el Santo Padre Francisco propone a la Iglesia universal, respetando y alentando los muchos trabajos que se están llevando a cabo e iniciando otros nuevos, que intentan abrir nuevas vías en escenarios distintos de nuestra sociedad, para poder llevar a todos la Buena Noticia de la salvación. 

A nadie se le oculta que la vida de la Iglesia tiene una gran complejidad por la multitud de campos que abarca, pues quiere acercarse a las personas en sus diversas necesidades. Concretando aún más, simplemente quien conozca la vida interna de una comunidad parroquial o religiosa, puede apreciar inmediatamente un vasto campo de acción atendido frecuentemente con grandes deficiencias, por la habitual pobreza de medios materiales y personales que nos caracteriza y por la gran extensión de sus propósitos. Lejos de escandalizarnos esto debería situarnos en el modo de actuar de Dios, que para hacer grandes obras se sirve de nuestra pequeñez. Soy consciente, además, de que se suceden constantemente las llamadas de la iglesia recordándonos nuestra exigente misión y renovando las propuestas en los campos más diversos. Todo esto puede producir en algunos cierta distancia de las objetivos diocesanos propuestos, como si añadiesen una carga mayor y nos agotasen mentalmente antes de asumirlas, en vez de orientar nuestro servicio de modo más eficaz y fructífero. Creo, por tanto, que debemos superar la tentación de aislamiento y de derrotismo, que son consecuencia inevitable de una difusa falta de esperanza, y que nos hacen ineficaces, pues llevan a la desilusión, a la vez que nos agotan en una espiral de negatividad que nada tiene que ver con la acción del Espíritu Santo ni de la parresía de los santos. El mejor remedio contra la falta de entusiasmo y el agobio es la experiencia de la comunión que nos hace experimentar en la práctica la confianza en el Señor, la fuerza de la fraternidad de los discípulos, y los frutos del trabajo en equipo que nos fortalece en la acción y que desarrolla en nosotros la fuerza de la caridad para llevar unidos las cargas. 

He comprobado los frutos y el entusiasmo renovado de cuantos habéis participado durante estos últimos cursos en las iniciativas diocesanas. He de agradecer a Dios y a vosotros la generosa disponibilidad de vuestras aportaciones y consejos en las diferentes reuniones de propuesta y valoración para la elaboración del proyecto que ahora iniciamos, todo lo cual ha permitido que este plan pastoral pueda considerarse una obra común, una ilusión compartida e impulsada entre todos. Confío en que esta acción de madura corresponsabilidad nos ayude a superar progresivamente el aislamiento de muchas parroquias, asociaciones y movimientos; que poniendo en práctica el deseo de ser acogedores y ejercitando esa aspiración de abrir las puertas, nos permita salir al encuentro de los demás en sus periferias existenciales. Os invito a todos a participar activamente con el convencimiento de que no quedaréis defraudados.

PROYECTO PASTORAL PARA LOS CURSOS 2016-2020

NUESTRO RECIENTE CAMINO: GRATITUD Y ESPERANZA 

Debemos dar gracias a Dios pues hemos iniciado en la diócesis un impulso de renovación pastoral que es imparable. Después de la intensa experiencia en el Año de la Fe donde iniciamos multitud de Cenáculos y un proceso catecumenal diocesano, llevamos a cabo posteriormente las propuestas para los tres cursos del plan pastoral que ahora termina (2013- 2016). Hicimos una fuerte apuesta por impulsar la atención a los pobres y necesitados –con la inestimable colaboración de Cáritas diocesana y la Delegación para los Inmigrantes, Pastoral Penitenciaria, etc.– que se ha llevado a cabo e implementado hasta hoy, y ha quedado abierto un camino ilusionante de evangelización a través de las Escuelas de Evangelizadores y de Discipulado, que nos han unido en una visión misionera común y en una más profunda comunión. Se han consolidado, además, las propuestas de nuevos métodos de evangelización que, gracias a Dios, ya han dejado de ser novedad, pues empiezan a ser entre nosotros un recurso misionero ordinario. La pastoral habitual se ha visto también beneficiada en todos sus campos, en las parroquias y delegaciones, impulsando la catequesis de iniciación cristiana, la familia, la juventud, etc. 

El curso pasado 2015-2016, el Jubileo de la Misericordia, que aún estamos celebrando, beneficiándonos de sus gracias, nos ha ayudado a profundizar en las propuestas caritativas y evangelizadoras desde una profunda renovación interior en el núcleo central del mensaje evangélico, con la gracia del perdón y practicando las obras de misericordia. Esta misericordia, fuente esencial de la caridad y de la evangelización, nos está renovando interiormente para hacernos rejuvenecer en el amor apasionado de Dios y su apuesta por el hombre, con el amor “visceral” de Jesús para mirar a todos con la mirada compasiva del Señor hacia cada empobrecido, marginado, descartado o herido por la vida. Como ya he mencionado, este es nuestro punto de partida actual, en continuidad con los empeños anteriores. 

No hay que olvidar, como nuevos lugares para crecimiento de la evangelización iniciados este curso, además del Seminario Menor ya iniciado, la I Jornada de Renovación Pastoral, y la apertura del Instituto Diocesano de Teología para Laicos, que aún deben consolidarse pero que ya están logrando dar un fuerte impulso a la pastoral.

El proyecto de acción pastoral ha de ser necesariamente ambicioso y debe abarcar muchos puntos, puesto que la actuación de la Iglesia es muy amplia. Ahora bien, una propuesta de programa se entiende que debe escoger algunos lugares en los que poner mayor atención en este momento, sin detrimento del resto de acciones parroquiales o de las promovidas por las distintas delegaciones que, sin duda, han de seguir su camino marcado. Comenzaré, pues, enunciando las más importantes propuestas escogidas, con las valiosas aportaciones de muchos de vosotros. 

1. LA ATENCION Y CUIDADO DE LOS NECESITADOS 

La Caridad de Cristo nos urge y nos lleva socorrer a los necesitados. Los encontramos por todas partes en nuestro entorno: desempleados, excluidos, familias desestructuradas, maltratados, sin techo, etc. Desde que estalló la crisis, hemos sido testigos del grave sufrimiento que aflige a muchas personas motivado por la pobreza y la exclusión social y que ha afectado a las personas, a las familias y a la misma Iglesia. Este sufrimiento, como sabemos, no se debe únicamente a factores económicos, sino que tiene su raíz, también, en factores morales y sociales.

Hemos de reconocer, al mismo tiempo, que este sufrimiento ha generado un movimiento de generosidad en personas, familias e instituciones sociales que es obligado poner de manifiesto y agradecer en nombre de todos, en especial de los más débiles. Las comunidades cristianas, Institutos de Vida Consagrada y otras instituciones, están escribiendo entre nosotros una hermosa página de solidaridad y caridad. Basta recordar cómo Cáritas Diocesana el año 2015 atendió en sus programas a más de 10.8000 personas, y cuenta en la actualidad con más de 1.000 voluntarios. 

Invito, una vez más, a todos los cristianos, fieles y comunidades, a ser solidarios con los necesitados y a perseverar sin desmayo en la tarea ya emprendida de ayudarles y acompañarles. Hemos hecho nuestra la exhortación del Papa Francisco que nos ha dicho: “Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina”22

La institución de Cáritas ha experimentado estos años una gran renovación en sus estructuras para hacer más eficaz la ayuda a los pobres que se expresa en cada parroquia y comunidad Cristiana, así como a través de los programas y proyectos de ámbito diocesano. Cáritas es la Iglesia, y no otra cosa, y --aunque la caridad personal no tiene límites ni hay barreras para ejercerla y muchos otros grupos atienden a los necesitados--, este es el cauce institucional a través del cual nuestro servicio al prójimo y a la comunicación cristiana de bienes se hace eficaz, efectiva y transparente. A través de Cáritas la Iglesia diocesana se compromete a salir al encuentro de los necesitados. 

Aunque ciertos datos de la situación económica sean esperanzadores hemos podido percibir que también se han agudizado las desigualdades sociales y hay abierta una gran brecha en la exclusión social de muchas personas y familias. No podemos, en ningún caso, perder de vista la dimensión social de la vida Cristiana ni renunciar a un compromiso caritativo, social y político creativo que acreciente en toda la sociedad una solidaridad esperanzada. 

Pensemos en las familias, en el paro de los jóvenes, así como las dramáticas consecuencias del desempleo prolongado en los adultos; recordemos las necesidades de la infancia que vive en pobreza y marginación, así como a los niños, inocentes e indefensos, a quienes se les niega el derecho a nacer; los problemas de los ancianos, frecuentemente olvidados de sus familias, a pesar de que sus pensiones han sido frecuentemente un alivio para la economía familiar; recordemos las mujeres explotadas, a veces esclavizadas, víctima de la trata de personas o de la violencia doméstica; recordemos la pobreza del mundo rural y las dificultades de los trabajadores del mar. 

¡Como me gustaría que fuésemos aún más solidarios, mucho más cercanos, solícitos para acompañar a las personas y transmitirles la alegría del consuelo! Siendo tan solo instrumentos humildes en las manos de Dios es posible aliviar el sufrimiento del mundo, y dar la alegría y la esperanza de la resurrección. Deberíamos ser artesanos de la misericordia de modo que no nos contentáramos con las acciones organizadas de nuestra Cáritas parroquial, o de nuestro voluntariado, por ejemplo, sino de preocuparnos por llevar las cargas unos de otros haciéndonos cargo de los que sufren, tanto de modo organizado como espontáneo. El Santo Padre nos recuerda constantemente que la misericordia de Dios no es una idea bonita, sino “una acción concreta” y que “la misericordia humana no será auténtica hasta que no se concrete en el actuar diario”; y que el voluntariado, casi siempre de forma silenciosa y oculta, da forma y visibilidad a la misericordia. Puesto que el amor de Dios es un amor que permanece siempre joven, activo y dinámico, también el nuestro debería ser así, como un reflejo fiel de la fe que se profesa en la vida. “Estamos llamados a concretar en la realidad lo que invocamos en la oración y profesamos en la fe. No hay alternativa a la caridad: quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no lo sepan, son quienes aman a Dios” (cf. 1 Jn 3,16- 18; St 2,14-18). Sin embargo, la vida cristiana no es una simple ayuda que se presta en un momento de necesidad. Si fuera así, sería sin duda un hermoso sentimiento de humana solidaridad que produce un beneficio inmediato, pero sería estéril porque no tiene raíz. Por el contrario, el compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cada día en el amor23

 

Os invito a hacer un esfuerzo de revisión y actualización, de modo que la ayuda prestada no sea tan sólo material, sino más personal, de cercanía y de testimonio de fe; y, al mismo, tiempo, un verdadero momento para acercar a cada necesitado al consuelo de Cristo y su amor, pues, privados de el, su situación se hace más penosa y dolorosa. Haced el propósito de “personalizar” más la caridad, de manera que los necesitados sientan afecto y cercanía. Recomiendo, como ya hacen algunas parroquias, las “meriendas” con los necesitados, acudir a sus casas para bendecirlas, o bien, sencillamente visitarlas para llevarles el Evangelio y entronizar en sus hogares la imagen de Cristo o de la Virgen. 

 

Pido vuestro apoyo parroquial y personal al nuevo Programa Diocesano de Empleo que comienza a promocionar Cáritas Diocesana para servicio de los arciprestazgos y parroquias, que quiere remediar uno de los más graves factores de la pobreza que nos rodea. Se realiza como un proceso de acogida, acompañamiento y mediación personalizado logrando un proceso integrador y específico para cada participante en este programa desde la cercanía y acompañamiento, que prestamos responde a un itinerario, a un proceso que nace de un compromiso previo y formal con cada persona, 

 

El programa de Apoyo contra la Exclusión Familiar y Laboral en el que venimos trabajando últimamente con tan buen resultado necesita también de mucha colaboración para ampliar su extensión. Quisiera que lo tomásemos también como prioritario. Seguiremos impulsándolo apoyándonos con la colaboración del COF, para reestructurar su convivencia dañada y ayudarlas, en la medida de lo posible, a afrontar sus problemas y la adaptación que en muchos casos requiere su situación de crisis. Así mismo, siendo una realidad dolorosa pero innegable que la pobreza en nuestra sociedad gaditana y ceutí presenta muchas veces el rostro de una mujer sola, abandonada con hijos menores a su cargo y sin medios, cabe mejorar la ayuda que ofrecemos a estas mujeres que asumen en soledad la maternidad, ya sea de hijos nacidos o concebidos y por nacer. En este sentido, la figura del “facilitador” del proyecto Ángel es una hermosa misión para Cáritas, en coordinación con SpeiMater.

Los inmigrantes, los pobres entre los pobres, sufren también la crisis que ellos no han provocado. La realidad del fenómeno migratorio en nuestra Diócesis de Cádiz y Ceuta está marcada por dos claves fundamentales: la presencia de una población migrante plural y diversa que reside y trabaja en muchos de nuestros pueblos y ciudades y, de otro lado y no memos importante, por la situación fronteriza de nuestras costas y de la Ciudad de Ceuta que convierten a esta zona en uno de los pasos migratorios más importantes del Mediterráneo. En estos últimos tiempos se han recortado sus derechos debido a la preocupación económica actual. Los más pobres son los extranjeros sin papeles a los que no se les facilita servicios sociales básicos. Después de importantes flujos migratorios, ha llegado la hora de reconocer la aportación que han hecho los inmigrantes a nuestra sociedad. Hemos de valorar la riqueza de los otros, cultivando la actitud de acogida, el intercambio enriquecedor y la integración, a fin de crear una convivencia más fraternal y solidaria, para una sociedad que será, cada vez más en un futuro próximo, multiétnica, intercultural y plurireligiosa. El esfuerzo de nuestra diócesis a su favor es muy considerable, pero no ha dejado de existir ni se ha resuelto la penosa situación de los que llegan a nosotros. El acompañamiento pastoral y humano que pueden hacer las parroquias de cada lugar es determinante y fundamental. La labor de los agentes pastorales parroquiales para acompañar en la fe, ofrecer el Evangelio y fomentar la integración es uno de los empeños de la pastoral migratoria diocesana. 

La parroquia es el lugar idóneo evangelizar a los emigrantes. El Evangelio, Cristo, su mensaje y sus valores, es lo más valioso que podemos ofrecerles. Es necesario salir a su encuentro y avanzar en la integración de los emigrantes en nuestras comunidades. Muchos no bautizados se integran en procesos de la iniciación cristiana. Tan solo, hasta ahora, unas veinticinco parroquias han participado en la reflexión y ayuda que ofrece la delegación para abrir cauces de integración y evangelización con ellos. Deberíamos conseguir esta disposición en todas ellas. 

Para atender a los más vulnerables debemos colaborar con los servicios diocesanos de la Delegación dedicados a esta finalidad y de la Fundación Tierra de Todos, donde son atendidos con programas de acogida de emergencia, atención social y jurídica y orientación e inserción laboral. 

No hay parroquia sin enfermos que atender. Sin embargo, es necesario acercarse a ellos con criterio, formación y organización, si queremos llegar verdaderamente a cada uno en sus domicilios, residencias hospitales. 

 

Invito a participar en este campo de misericordia con generosidad y entrega. Este voluntariado tan eficaz ha de establecerse en cada parroquia en colaboración con la Delegación de Pastoral de Enfermos y en estrecha cooperación con los sacerdotes, aprovechando las reflexiones y la ayuda práctica que ofrece. Sin embargo, ni una cuarta parte de nuestras parroquias participan de la ayuda y apoyo de la delegación. Solicito a cuantos aún no lo hacen a avanzar eficazmente en este cuidado. Pido también estar especialmente pendientes de las personas hospitalizadas. La Delegación de Pastoral de Enfermos está promoviendo grupos organizados para esta atención a la que podéis ofreceros diligentemente. 

La pastoral penitenciaria se esfuerza en la asistencia a los presos así como de su reinserción. Las prisiones de nuestra diócesis, en “Botafuegos”, Algeciras, y en Ceuta, son atendidas por la Delegación de P. Penitenciaria, pero el voluntariado es escaso. Es una gran obra de misericordia que está siendo atendida por pocos y de pocas parroquias, vinculadas por lo general a los PP. Trinitarios de Algeciras. Invito a sensibilizar a las comunidades parroquiales para colaborar más intensamente y prestar ayuda en esta encomiable labor que se prolonga en las casa de reinserción y acogida, de las que contamos en Cádiz y Algeciras. 

La Iglesia ha sido desde su nacimiento una comunidad que ha vivido el amor. En ella se ha amado y servido a todos, especialmente a los más pobres a quienes ya los Santos Padres consideraban el “tesoro de la Iglesia”. Las diversas congregaciones religiosas, las cofradías y, en general, todas las instituciones eclesiales tienen como fin el ejercicio de la caridad. La Iglesia es caridad. Lo ha sido, lo es y será siempre, si quiere ser la Iglesia de Cristo que dio su vida por todos. Cáritas, Manos Unidas y otras organizaciones de la Iglesia especialmente vinculadas a Institutos de Vida Consagrada, gozan de un bien ganado prestigio por su cercanía, atención y promoción de los más pobres. 

Cada cristiano y cada comunidad estamos llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad. Esto nos obliga a cambiar, a salir a las periferias para acompañar a los excluidos, y a desarrollar iniciativas innovadoras que pongan de manifiesto que es posible organizar la actividad económica de acuerdo con modelos alternativos a los egoístas e individualistas. “Sin la opción preferencial por los más pobres, «el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día»24. Si el Evangelio que anunciamos no se traduce en buena noticia para los pobres, pierde autenticidad y credibilidad. El servicio privilegiado a los pobres está en el corazón del Evangelio”25

Los problemas sociales tienen causas más profundas que las puramente materiales. Tienen su origen “en la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos”26. Derivan de la ausencia de un verdadero “humanismo que permita al hombre hallarse a sí mismo, asumiendo los valores espirituales superiores del amor, de la amistad, de la oración y de la contemplación”27. Por eso la proclamación del Evangelio, fermento de libertad y de fraternidad, ha ido acompañado siempre de la promoción humana y social de aquellos a los que se anuncia. El Evangelio afecta al hombre entero, lo interpela en todas sus estructuras: personales, económicas y sociales. Entre la evangelización y la promoción humana existen lazos muy fuertes. La evangelización – la proclamación de la buena noticia del Reino de Dios– tiene una clara implicación social28. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia. La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la Cáritas-agapé supera los confines de la Iglesia29.El compromiso social en la Iglesia le es consustancial y pertenece a su propia naturaleza y misión. El Dios en el que creemos es el defensor de los pobres. 

Vivamos, pues, la caridad, que es una dimensión esencial, constitutiva, de nuestra vida cristiana y eclesial, que compete a cada uno en particular y a toda la comunidad. Este es el primer campo de nuestro proyecto pastoral que seguiremos desarrollando de la mano de Cáritas y de las delegaciones diocesanas competentes que cada curso actualizarán sus objetivos. En el año jubilar de la misericordia invité a cada parroquia o comunidad religiosa que asumiera una obra de misericordia que pudiese atender, por cercanía, sensibilidad o necesidad. Reitero ahora mi petición para que se consolide durante estos cuatro años de este proyecto de pastoral, y que se afiance así la misericordia vivida en su obras.

2. LA RENOVACION PASTORAL 

Toda programación pastoral tiende necesariamente a una promoción y renovación. Como he señalado anteriormente, en este fuerte cambio cultural en que vivimos, la evangelización no es una opción más, sino una decisión que debe empapar las acciones pastorales habituales ---catequesis, liturgia, caridad--- y ha de proyectarnos con ardor vivo hacia nuevos métodos y nuevas expresiones para ofrecer la fe a los alejados de la iglesia e increyentes, renovando al tiempo la propia nuestra. Comenzaré por estos últimos, que suponen más novedad, para abordar después los primeros. 

“PUNTO DE ENCUENTRO” DIOCESANO PARA DISCIPULOS MISIONEROS 

Convocaré el “Punto de encuentro” diocesano para discípulos misioneros, que quiere ser el lugar habitual de encuentro y comunión y el motor diocesano para alentar la evangelización. Así lo han solicitado multitud de colaboradores. Hemos disfrutado hasta ahora con encuentros instructivos para acrecentar la fe con nuevas experiencias, que, además de hacernos progresar en el amor a Cristo, nos han abierto a nuevas acciones en las que hemos aprendido a renovar la pastoral. Mantener este encuentro, muy solicitado por cuantos habéis acudido a las anteriores escuelas, propiciará la deseada unión diocesana de todos los grupos así como la presentación de nuevos proyectos, y un criterio común para llevar a cabo nuestra misión. Os invito a participar en ella a evangelizadores y catequistas, responsables y miembros de movimientos y cofradías, sacerdotes y consagrados, miembros de los consejos pastorales y agentes de pastoral en general. (Esta convocatoria presidida por mi tendrá una importancia significativa y ocupará una atención prioritaria dado que, de momento, la conocida “Escuela de Evangelizadores”, que ha cosechado excelentes frutos, descansará en barbecho hasta una nueva oportunidad). 

ESCUELAS DE DISCIPULADO 

Urge también cuidar ahora las realidades nacidas en estos años anteriores de los encuentros diocesanos y que merecen especial atención, pues nos proporcionarán frutos sólidos y vías nuevas para la evangelización. Comenzaremos a ofrecer dos “escuelas” que prometen afianzar sobradamente la vida cristiana haciendo de nosotros verdaderos discípulos y apóstoles dispuestos a llevar a todos el evangelio y la vida de Jesús, de modo que se multiplique nuestra pastoral y nos hagamos discípulos auténticos del Señor. 

Escuela de Discipulado 

Es imprescindible discipular a las personas para crecer en su seguimiento de Cristo y llegar a convertirse en apóstoles, testigos del Señor. Proponemos hacer Escuelas de Discipulado en grupos reducidos para ayudase a crecer con confianza y libertad, y que podrán reunirse en los Centros para la Evangelización dispuestos en Cádiz, y posteriormente en Chiclana y Algeciras. 

Escuela Kerigmática 

Este proceso, de cuatro años de duración, comenzará más adelante y se ofrecerá para cuantos deseen perseverar en la fe con un método experimentado y, también, un seguimiento discipular. 

OTRAS ACCIONES APOSTOLICAS NUEVAS 

Mantendremos los caminos abiertos por los nuevos métodos de evangelización: Cenáculos, Cenas Alfa, Oratorios Infantiles, Life teen, Proyecto Centinelas, Una luz en la noche, Retiros Emaús, etc. Esperamos poder extenderlos aún más acercándolos a las parroquias y comunidades que se presten a ello y puedan hacer una profunda renovación. Hemos comprobado ya su eficacia y que de su aceptación y difusión en la vida parroquial y comunitaria depende en muchos casos la renovación evangelizadora que permite a la Iglesia engendrar nuevos hijos y pasar de la inercia de una pastoral de conservación a otra de propuesta y crecimiento. 

Comenzaremos en esta etapa los Retiros Emaús. Estos retiros se fundaron hace más de 30 años en Miami. Con un equipo de mujeres, con la supervisión del obispo de la diócesis y el rector de la Parroquia, el padre David G. Russell, iniciaron esta andadura que se ha convertido en una realidad en la mayoría de los países de América Latina y España. En Argentina, el Papa Francisco, siendo arzobispo de Buenos Aires los acogió con gran entusiasmo permitiendo que se difundiera en su diócesis. Estos retiros están basados en la lectura del evangelio según Lucas 24: 13-35 que versa sobre los acontecimientos en el camino a Emaús. El Ministerio de Emaús se concibe como un ministerio para las Parroquias y no como un movimiento, sino un apostolado parroquial impulsado por laicos de la comunidad, de acuerdo con el movimiento de la nueva evangelización que implica a los laicos en la Iglesia. Cuenta con el acompañamiento espiritual de sacerdotes de las parroquias. Su finalidad es llevar almas al encuentro con Cristo. Emaús supone una renovación espiritual basada en la lectura del Evangelio de San Lucas 24, 13-35. El retiro ofrece una oportunidad para que todo aquel que esté buscando, que no conozca a Jesús, que lo conozca y no lo quiera o que simplemente viva en el mundo de hoy sumergido en el consumismo, etc. para vivir una jornada transformadora fruto del encuentro con el amor de Jesús que les convierten en verdaderos faros del Espíritu Santo en la sociedad para iluminen a las personas de su entorno. 

Las Misiones Parroquiales renovadas siguen siendo una propuesta valiosísima de evangelización capaz de renovar la vida parroquial y dar un impulso que revitalice la comunidad parroquial. Es importante intentarlo y comprobar sus frutos. Se puede comenzar por la propuesta de “Mini-misión Parroquial”, muy concreta y bien estructurada, que hemos iniciado en el Año de la Misericordia. 

Estas iniciativas diocesanas desarrollarán en los iniciados el deseo misionero de todo discípulo que ha de incrementar posterior o simultáneamente la renovación pastoral de la vida ordinaria de la Iglesia, como son las parroquias y el trabajo de las Delegaciones a su servicio en los campos concretos a los que atiende cada una. 

La Adoración Perpetua es una de las iniciativas que se extiende sin parar por el mundo entero, fuente de gracia constante y presencia viva del Señor en la Eucaristía en cada uno de los lugares donde se establece. Es mi propósito, y el deseo de numerosos fieles que lo demandan constantemente, abrir diferentes lugares donde esté expuesto el Santísimo Sacramento durante las veinticuatro horas del día los siete días de la semana de todos los meses. Esta experiencia, sobradamente conocida ya, exige ciertas medios materiales y la colaboración de centenares de devotos dispuestos a comprometerse para llevarlo a cabo con seguridad. Estas condiciones dificultan la apertura de los lugares de adoración con la rapidez que sería deseable. Espero, pues, la colaboración de todos para que puedan resolverse y que en tiempo breve podamos comenzar. 

ESPECIAL ATENCIÓN A LA PASTORAL ORDINARIA 

La renovación misionera de la Iglesia ha de plasmarse tanto en la pastoral ordinaria de las parroquias y comunidades como en las diversas delegaciones diocesanas que atienden amplios campos de evangelización. El camino recorrido hasta ahora permite ver que este espíritu misionero se ha de incorporar a las delegaciones y organismos que atienden a sectores especializados de la acción pastoral diocesana. Nos proponemos, pues, en esta etapa de acción diocesana, prestar todo el apoyo posible a las parroquias y a las delegaciones de modo que sus proyectos al servicio de todos sean verdaderamente renovadores y eficaces. Tan solo me permito enumerar algunos campos de acción, para demandaros vuestra implicación apostólica en ellos, según la afinidad y cercanía de cada uno. 

La transmisión de la fe: la catequesis 

El catecumenado es una de las expresiones más genuinas de esta misión de la Iglesia, pues su tarea es llevar a los hombres a la fe y hacerlos discípulos de Jesucristo, mediante el anuncio del Evangelio y la celebración de los sacramentos. Este proceso, que es gradual, recibe el nombre de Iniciación cristiana. La iniciación cristiana de adultos sin bautizar, custodiada y organizada por la Delegación de Catequesis, es ya una realidad bien orientada en la que se preparan nuevos catecúmenos que después reciben el bautismo y se integran en la comunidad cristiana, siguiendo las disposiciones del RICA. Es necesario continuar con esta atención directa a los conversos, cuyos frutos beneficiosos hemos comprobado ya, que tiende a crecer por una demanda mayor de candidatos. Es imprescindible responder adecuadamente disponiendo cada curso de mejor equipo y preparación para ofrecerles la experiencia original de la iniciación cristiana con toda su riqueza, sabiendo que la frescura de su fe bautismal revierte después en la vida comunitaria. 

Ha de establecerse con toda seriedad la catequesis prebautismal que reciben los padres, como oportunidad para un nuevo encuentro con Cristo y con su iglesia, absolutamente imprescindible en la situación de alejamiento en que muchos se encuentran. Es la mejor garantía para la educación en la fe del bautizando y la ocasión propicia para evangelizar a las familias. La Delegación de Catequesis ha preparado una catequesis apropiada en tres encuentros para llevarlo a cabo con seriedad. Así mismo, se han de recordar y aplicar las disposiciones del Código de Derecho Canónico referentes a la confirmación de los padrinos, etc. que es la mejor ayuda para revalorizar entre nosotros el valor de la vida bautismal. 

Debemos reconocer el esfuerzo realizado por las parroquias y sus catequistas para acomodar la catequesis infantil a los nuevos catecismos. No obstante, sigue siendo un gran reto la transmisión de la fe, de modo que sea capaz de cumplir su cometido en niños, catequesis y jóvenes para que con fe fuerte se incorporen a la vida eclesial viviendo su vocación y misión. Esto nos obliga, en primer lugar, a respetar los catecismos decretados en la diócesis que garantizan la unidad y la calidad de la catequesis, además de una ayuda permanente para superar las nuevas dificultades y a adquirir también los métodos nuevos, como son los oratorios infantiles, que complementan y hacen fructificar el esfuerzo de la transmisión de la fe y su experiencia vital. 

La catequesis preparatoria para recibir el sacramento de la confirmación se acomoda a las edades y situaciones diversas (adultos, jóvenes mayores, etc) con los diversos procesos ya conocidos. No obstante, insto a las parroquias y demás comunidades a iniciar esta etapa a continuación de la colación del sacramento de la eucaristía, prolongando así el proceso de iniciación en la adolescencia y facilitando la inserción en la comunidad cristiana, sobre todo participando simultáneamente en la Asociación Juvenil QUERCUS para conseguir la creación de grupos parroquiales de jóvenes y ofrecer un cauce válido donde perseverar posteriormente. 

Espero poder ofrecer en breve, con la ayuda inestimable de la Delegación de Catequesis y el trabajo realizado por el Consejo Presbiteral, un Directorio catequético diocesano que ayude a todos a afrontar con claridad y competencia el grave reto de la transmisión de la fe. 

Catecumenado de adultos. En nuestro contexto eclesial nos encontramos hoy en día con muchos adultos necesitados de una fundamentación básica de su fe: “Entre estos adultos que tienen necesidad de la catequesis, nuestra preocupación pastoral y misionera se dirige: a los que, nacidos y educados en regiones todavía no cristianizadas, no han podido profundizar la doctrina cristiana que un día las circunstancias de la vida les hicieron encontrar; a los que en su infancia recibieron una catequesis proporcionada a esa edad, pero luego se alejaron de toda práctica religiosa y se encuentran en la edad madura con conocimientos religiosos más bien infantiles; a los que se resienten de una catequesis, recibida sin duda a su debido tiempo, pero mal orientada o mal asimilada; a los que, aun habiendo nacido en países cristianos, incluso dentro de un cuadro sociológicamente cristiano, nunca fueron educados en su fe y, en cuanto adultos, son verdaderos catecúmenos”30

Muchos adultos se ven incluidos en una u otra de estas situaciones. Es muy frecuente, también, entre nosotros, el caso del adulto en el que, junto a rasgos de auténtica fe cristiana, aparecen amalgamados con ella creencias, valores, pautas de conducta, criterios de juicio, etc. contrarios e incluso hostiles a esa misma fe. Es necesario ofrecer a quienes ya la viven, atraídos por la persona de Jesucristo, iniciados posiblemente en su infancia o que no recibieron una iniciación cristiana completa, un itinerario de profundización y renovación de la experiencia de fe, que dé fundamento a cuanto han experimentado en su interior y que sea en el que progresen en el misterio de la salvación y en el estilo de vida propio del Evangelio31 . Parece, pues, ineludible intentar fortalecer y afianzar su fe, aunque se viva con fidelidad al culto y las celebraciones, robustecer sus cimientos y configurar la personalidad de discípulo del Señor. 

Muchas personas en su edad adulta sienten, además, la inquietud y el deseo profundo de conocer mejor a Dios y encontrarse con Jesús. El catecumenado de adultos es un proceso de iniciación cristiana para quienes quieren encontrarse, conocer y unirse a Jesucristo, en un camino de formación, que abarca lo fundamental de la fe cristiana. Un camino centrado en Jesucristo y en su Misterio Pascual. Así mismo es un proceso acompañado por la celebración, donde poder volver a revivir los sacramentos como momentos de encuentro profundo con Cristo. El catecumenado es un camino que posibilita una incorporación plena en la comunidad cristiana porque propicia la maduración de la conversión y de la fe, la experiencia del Espíritu e inmersión en el misterio, una vinculación más estrecha a la iglesia en la experiencia de comunidad, y la aceptación responsable de la misión. 

Este catecumenado postbautismal o neocatecumenado ha sido promovido de modo riguroso por las Comunidades del Camino Neocatecumenal --numerosamente presentes en nuestra diócesis--, y por algunos movimientos apostólicos y comunidades eclesiales (aunque con procesos mas flexibles), pero también por numerosos catecumenados parroquiales orientados por las directrices de los Secretariados de Catequesis y Liturgia de la Conferencia Episcopal española y diversos Secretariados Diocesanos. Los nuevos Cenáculos creados en la diócesis, así como las Escuelas de Discipulado, pretenden también este fin de modo análogo. Por consiguiente, es especialmente importante, impulsar esta renovación de la fe con cualquiera de las posibilidades a nuestro alcance, con la ayuda de la Delegación de Catequesis o la Vicaria de Pastoral. Este será nuestro principal propósito durante el curso 2017- 2018 dedicado al kerigma o anuncio de la Palabra de Dios. 

Pastoral de la familia 

Siguiendo el impulso renovador de la reciente exhortación apostólica Amoris Letitia debemos actuar imperiosamente a favor de la familia, que vive en uno de los momentos más fuertes de crisis de identidad. Son muchas las propuestas de la Delegación de Familia y Vida, pero debemos subrayar los más destacados que suponen una difusión diocesana y una implicación mayor. Es deseable también fortalecer los movimientos familiares, que están llamados a ser un apoyo imprescindible para las familias y un firme testimonio de gozosa superación de las dificultades. 

Entre los muchos objetivos de la Delegación de Familia y Vida destacan: 

la actualización y difusión de los Centros de Orientación Familiar (C.O.F.) 

renovar en profundidad los cursillos prematrimoniales de modo que sean un medio atractivo y valioso para la reflexión de los novios y para el encuentro con Cristo y con la Iglesia que exige el acercarse a recibir el sacramento del matrimonio 

atender a jóvenes y adolescentes en su formación emocional y afectiva. 

 

Juventud, infancia y adolescencia 

Asociación Juvenil Quercus 

 

Ya se ha puesto en marcha la nueva Asociación Juvenil QUERCUS, creada para proporcionar en las parroquias y comunidades una red asociativa para adolescentes y jóvenes de modo que, desde el inicio del proceso de catecumenal de iniciación a la fe –primera comunión y confirmación— puedan integrarse en un grupo de referencia eclesial en el que puedan encontrar actividades de convivencia, ocio y demás actividades formativas adecuadas, como campamentos urbanos y al aire libre, competiciones deportivas, etc., que facilitará su integración en la vida eclesial más allá de la colación de los sacramentos. La asociación está provista de una Escuela para Monitores de Tiempo Libre y otros recursos formativos en los que se pueden también integrar los demás jóvenes y adultos con responsabilidades directivas. Esta iniciativa, secundada con interés y la colaboración necesaria, favorecerá la creación de grupos juveniles parroquiales que vivan la vida de la Iglesia progresando en el seguimiento de Cristo y proporcionando el ambiente comunitario imprescindible para la perseverancia en la fe. Por añadidura, el ejercicio de las responsabilidades catequéticas y organizativas es el marco apropiado para desarrollar hábitos de compromiso responsable y prepararse como laicos que viven su vocación y misión. 

Escuela de discipulado para jóvenes 

 

El discipulado ha sido el modo apropiado de ayudar a crecer en la fe a muchos de nuestros jóvenes que actualmente se entregan al apostolado y colaboran en la misión de evangelización en sus ámbitos de vida. La Delegación de Juventud se propone extenderla durante los próximos cursos acercándola a la vida parroquial a la que ha de servir como fermento. 

Alfa joven, Life Teen, Proyecto Centinelas, Una Luz en la Noche 

 

Los nuevos métodos de evangelización para jóvenes están cada vez más presentes en nuestras comunidades y se han de extender como medios valiosos al servicio de su evangelización. Esta gran apuesta deberá ser acogida para facilitar los nuevos caminos necesarios en la situación cultural de profundo cambio en que nos encontramos y que afecta de modo particular a los jóvenes, tanto en la iniciación cristiana como en el primer anuncio y en la perseverancia y crecimiento en su vocación y misión. 

Instituto Diocesano de Teología 

En su corta andadura ha cosechado ya gran valoración de sus alumnos, dada su calidad y concreción para profundizar de modo sistemático en la teología de la iglesia. Es una gran oportunidad para aprender y llegar a tener un laicado maduro e instruido capaz de dar testimonio de la fe en el mundo de hoy. Se ha hecho con gran esfuerzo para mantener el grado superior en dos sedes (Cádiz y Algeciras) y las numerosas sedes de los cursos básicos, que prestan ya un gran servicio de acercamiento al estudio reglado de la Teología, que es el depósito de la fe. No ha hecho más que empezar con un considerable número de alumnos, pero está llamado a cosechar grandes frutos al servicio de la diócesis y de la evangelización. Este es, sin duda, uno de los propósitos iniciados de mayor calado que redundará en seguida en beneficio de nuestra vida eclesial. Reitero, por tanto, mi llamada a los profesores de religión y educadores cristianos, maestros, catequistas, miembros de cofradías y movimientos, voluntarios de Cáritas y otras entidades benéficas, etc. para quienes es especialmente apropiado. 

Pastoral vocacional 

La Iglesia está llamada cada vez más a ser enteramente vocacional: dentro de ella cada evangelizador debe adquirir conciencia de llegar a ser una «lámpara» vocacional, capaz de suscitar una experiencia religiosa que lleve a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes y a los adultos a la relación personal con Cristo, en cuyo encuentro se descubre la llamada que Dios hace a cada uno, las vocaciones específicas. La pastoral vocacional es hoy la vocación de la pastoral. En tal sentido se puede muy bien decir que se debe «vocacionalizar» toda la pastoral o actuar de modo que toda expresión de vida cristiana manifieste de manera clara e inequívoca un proyecto o un don de Dios hecho a la persona, y suscite en la misma una voluntad de respuesta y de compromiso personal. La pastoral vocacional es la perspectiva originaria de la pastoral general. «Toda la pastoral, y en particular la juvenil, es originariamente vocacional»32. Hablar de vocación es tanto como decir dimensión constituyente y esencial de la misma pastoral ordinaria, porque todo seguimiento de Cristo está desde los comienzos, por su naturaleza, orientado al discernimiento vocacional. Es éste un servicio que debemos prestar a cada persona, a fin de que pueda descubrir el camino para la realización de un proyecto de vida como Dios quiere, según las necesidades de la Iglesia y del mundo de hoy. Por esto la pastoral debe estar impregnada de atención vocacional, para despertarla en cada creyente. Partirá del intento de situar al creyente ante la propuesta de Dios y se ingeniará para provocar en cada persona el deseo aceptar su responsabilidad ante el don recibido o a la Palabra de Dios escuchada; tratará de conducir al creyente a comprometerse ante Dios. 

La pastoral vocacional, en suma, parte necesariamente de la llamada que Dios dirige a todos, para, después, restringirse y precisarse según la llamada concreta a cada uno. En tal sentido, la pastoral vocacional es primero general y después específica. El animador vocacional, todo educador en la fe, no debe temer proponer opciones valientes y de entrega total, aunque sean difíciles y no conformes a la mentalidad del mundo. Cada cristiano debe hacerse intérprete de la propuesta vocacional, pues es el creyente quien, en virtud de su fe, debe en cierto modo hacerse cargo de la vocación del otro. No atañe, pues, sólo a los presbíteros o a los consagrados el ministerio del llamamiento vocacional (aunque éstos tienen un papel de acompañamiento insustituible y mayor responsabilidad) sino a cada creyente, a los padres, a los catequistas, a los educadores. Si es cierto que la llamada va dirigida a todos, lo es también igualmente que la misma llamada va personalizada, dirigida a una persona concreta, a su conciencia, dentro de una relación del todo personal. Hay un momento en la dinámica vocacional en el que la propuesta va de persona a persona, y necesita de todo aquel clima particular que sólo la relación individual puede garantizar. Es cierto, por tanto, que Pedro y Esteban hablan a la muchedumbre; pero Saulo tiene necesidad de Ananías para discernir lo que Dios quiere de él (Hch 9,13-17), como la tuvo el eunuco de Felipe (Hch 8,26-39). Para esta labor hace falta personas y cauces que ayuden a presentar la llamada de Dios y acompañen en el discernimiento vocacional. 

Estableceré, por tanto, en la diócesis una Delegación de Pastoral Vocacional para provocar un decidido interés por la vocación y ayudar al discernimiento especialmente de los jóvenes a la vocación consagrada, y en especial para el sacerdocio diocesano secular proponiendo una imagen clara, completa y realista de la vocación. En estrecha colaboración con el Seminario, la Delegación de Juventud, la de Enseñanza y la de Catequesis esta delegación deberá facilitar a los jóvenes esta reflexión y discernimiento, y cuidar y acompañar a aquellos que deseen vivir la experiencia del seminario ayudándolos a responder conscientemente la llamada de Dios, y a seguir trabando por crear una necesaria conciencia de cultura vocacional. Siguiendo la orientación del Señor deberá ante todo conseguir que se hagan realidad sus palabras: “Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38), encauzando oportunamente la oración de todos los fieles (cadena de oración, jueves sacerdotal, vigilias de oración, etc). Pido desde ahora a todos, y muy especialmente a los sacerdotes, la colaboración activa con la pastoral vocacional, especialmente necesaria para garantizar la sucesión apostólica y la vitalidad cristiana de los fieles, y poder así superar, con la gracia de Dios, la que es la mayor pobreza de las Iglesias de Europa, que es la falta de vocaciones. 

La renovación parroquial 

La parroquia sigue teniendo en la Iglesia un valor insustituible. La parroquia «es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía. La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida litúrgica, la congrega en esta celebración; le enseña la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y fraternas: “No puedes orar en casa como en la Iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes” (S. Juan Crisóstomo, incomprehens. 3,6)33». 

La parroquia constituye como la célula de la diócesis, y el ámbito de la cura pastoral ordinaria de los fieles cristianos34. Como acaba de recordar el Papa Francisco, ha de responder a los nuevos retos culturales y de la evangelización renovándose profundamente en clave misionera de modo que “Jesús pueda salir” e ir a los confines y vivir la alegría de la pertenencia Cristiana35. “Esta elección misionera es necesaria sobre todo las parroquias, especialmente aquellas marcadas por el cansancio y la cerrazón, y hay tantas. “Parroquias cansadas, parroquias cerradas… ¡hay!”. En Cracovia, durante el encuentro con los obispos36, el Papa volvió a proponer la vida parroquial como la vía ordinaria y privilegiada para el anuncio del Evangelio. La parroquia --dijo-- «no se toca», no es «una estructura que tengamos que tirar por la ventana». Al contrario, es «la casa del pueblo de Dios», y «debe seguir siendo un lugar de creatividad, de referencia, de maternidad». El «cuerpo a cuerpo» de la vida parroquial sigue siendo el ámbito más favorable para que florezca la obra apostólica confiada a la Iglesia. Citando la exhortación apostólica de San Juan Pablo II Christifideles laici, indicó que «seguirá siendo ‘la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas’». Su rasgo característico debe ser la creatividad, la disponibilidad para encontrar vías nuevas para cumplir la propia misión apostólica de siempre. Y la conversión “en clave misionera” de las actividades ordinarias y de las dinámicas pastorales no es un pretexto para desahogar la índole creativa de algunos pastoralistas, sino un intento para que sea más fácil el encuentro con Cristo para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, tal y como son. Por tanto, hay que llegar a transformar las parroquias en los auténticos Centros de Evangelización. Las parroquias nos acompañan desde que nacemos hasta que morimos. Lo que es necesario y urgente es hacer que la vida comunitaria de las parroquias sean más significativas, más eficaces o fecundas en sus ingentes esfuerzos. 

Es necesario que el espíritu, el estilo y los contenidos de las Escuelas de Evangelizadores y de las iniciativas evangelizadoras que hemos iniciado lleguen a las parroquias, como ya está sucediendo afortunadamente, para que se pongan también en estado de misión. De igual modo, los esfuerzos de las diferentes delegaciones diocesanas –como, por ejemplo, catequesis, familia, Cáritas, liturgia, juventud, pastoral de enfermos, emigrantes, etc– no tienen más propósito que aportar toda su ayuda a los trabajos pastorales que ofrecen las parroquias. Estos servicios –a los que debemos agradecer su constante esfuerzo y dedicación– de ningún modo pretenden ser una carga añadida, sino un apoyo eficaz para que cumpla mejor su misión. En este sentido se ha de priorizar en la parroquia la pastoral familiar, no como acción evangelizadora sectorial, sino como la dimensión esencial de toda acción apostólica. Ha de insertarse también aquí las pequeñas células de vida cristiana, los conocidos Cenáculos que venimos impulsando ya, que pueden ser un elemento importante para dinamizar la vida y la misión parroquial. Cuento, así mismo, con los Cursillos de Cristiandad –que tanto bien han proporcionado a la Iglesia con su método de primer anuncio y conversión para revitalizar la vida parroquial–, para que vuelvan a estar presentes en las parroquias como instrumento de revitalización de la vida cristiana y de la evangelización. 

Cada comunidad está llamada a ser un foco de luz evangélica en medio del mundo, un faro en la oscuridad de la increencia, con el atractivo de una caridad significativa de los fieles entre si y con los pobres, con una liturgia capaz de atraer a la relación con Dios y a la alabanza, y una enseñanza de la fe y una predicación que muestre la sabiduría de Dios y la belleza de ser discípulo del Señor en medio del mundo. Son muchas las experiencias que pueden ayudarnos en esta labor compleja y necesaria. En este sentido os habéis expresado insistentemente muchos de vosotros en las aportaciones que solicité para esta programación, pidiendo más y mejor vida de comunidad, encuentros y unión entre los grupos parroquiales, mayor acogida y actividad misionera, etc. Es mi propósito orientar nuestras Jornadas de Renovación Pastoral y otras propuestas a nuestro alcance para facilitar a las parroquias, con sus sacerdotes y laicos responsables, la reflexión y el impulso adecuado.

Encuentro Diocesano de Laicos 

He propuesto a los laicos de los consejos parroquiales junto a los más destacados agentes de pastoral y a los movimientos laicales, a las asociaciones y cofradías, una reflexión sobre la vocación y misión de los laicos que culminará con un encuentro diocesano y diferentes propuestas de actuación, como una forma de apoyo a las asociaciones y movimientos de los que tanto espera la Iglesia actual. Al término del encuentro nombraré un Delegado de Apostolado Seglar y quedará constituido un Consejo de Laicos. 

Con esta propuesta se verá incrementada la presencia de los laicos y de las asociaciones en la acción evangelizadora y fortalecido su carisma para vivir con mayor apoyo y responsabilidad. Espero responder así también a muchas de vuestras propuestas en orden a un mayor conocimiento y colaboración entre los movimientos laicales y su integración en la vida parroquial. 

La formación permanente de los sacerdotes 

Los sacerdotes son, sin duda, quienes presiden la comunidad parroquial enviados por el Obispo como colaboradores suyos, y quienes tienen un papel decisivo de liderazgo dentro de la comunidad. Sin su concurso decidido y entregado difícilmente prosperarán las diversos objetivos de este programa y el plan de pastoral. Es necesario, por tanto, su implicación en las distintas áreas, pero también ellos necesitan la ayuda corresponsable de los fieles que, participando de un mismo espíritu, constituyan equipos que compartan las cargas apostólicas y de organización. Ahora bien, por encima de estos objetivos pastorales cada sacerdote ha de cuidar su espiritualidad y su relación fraterna en el marco de fe y discipulado ministerial. Por todo ello la vida espiritual del sacerdote se ha de caracterizar por el fervor y el dinamismo misionero, en sintonía con el Concilio Vaticano II, que indica que los sacerdotes deben formar la comunidad que les ha sido confiada, para convertirla en una comunidad auténticamente misionera37. La función de pastor exige que el fervor misionero se viva y comunique, porque toda la Iglesia es esencialmente misionera. De esta dimensión de la Iglesia proviene, de forma decisiva, la identidad misionera del presbítero. El ministerio pastoral del presbítero está al servicio de la unidad de la comunidad cristiana, por lo que el cuidado de la dimensión comunitaria de su experiencia cristiana son la primera tarea misionera del presbítero para la regeneración de los fieles. 

En la llamada “formación permanente” se encuentra el secreto que impulsa la vocación y misión del presbítero. Este propósito es uno de los frutos más logrados del Concilio Vaticano II y de su desarrollo en los sínodos posteriores, específicamente indicado en la Exhortación Pastores Dabo Vobis. Estos encuentros, convivencias, retiros mensuales y ejercicios espirituales se ofrecen para actualizar la gracia de la vocación, como la ayuda firme e imprescindible para sostener su exigente servicio al Señor y a la Iglesia sin desfallecer. Este es el ambiente disponible, grato y adecuado, para fortalecer la comunión y encontrar el consuelo de la fraternidad, aunando esfuerzos a la hora de trabajar por los fieles que se nos han confiado y la por la evangelización. Una vez más, como en años anteriores, la programación que ofrece la Delegación para el Clero ofrecerá las ayudas oportunas para perseverar en el seguimiento de Cristo en el ejercicio del ministerio y para la actualización pastoral. Invito a todos los sacerdotes sin excepción --también a los religiosos con cargo pastoral diocesano--, a acoger esta gracia como un auténtico apoyo personal y comunitario y la mejor oportunidad de fortalecer la comunión afectiva y efectiva necesaria para la perseverancia personal, de modo que podamos ofrecer lo mejor de nosotros mismos en el servicio al Pueblo de Dios que el Señor nos ha encomendado. Ruego encarecidamente a los párrocos, así como a cada sacerdote en particular, que reserven de antemano en su programación y en sus agendas personales las fechas de los encuentros programados en el calendario diocesano, incluso suprimiendo, si fuera necesario, las actividades parroquiales que pudiesen coincidir, para participar en ellas y beneficiarse de la fraternidad sacerdotal que allí se expresa y de los demás beneficios de la programación.

3. PROGRAMACION 

Siguiendo las indicaciones de la Conferencia Episcopal Española os propongo que nos detengamos cada año en uno de los ámbitos o dimensiones fundamentales de la misión de la Iglesia, en las funciones o mediaciones eclesiales al servicio del reino de Dios que son: la koinonía o comunión y corresponsabilidad de cuantos servimos en la evangelización (año 2017); el kerigma o anuncio de la Palabra de Dios (año 2018), la liturgia o la celebración del Misterio cristiano (año 2019) y la diaconía o servicio y ejercicio de la caridad (año 2020). Manteniendo las grandes acciones evangelizadoras iniciadas, tanto en lo que se refiere a la pastoral ordinaria como en los nuevos métodos o iniciativas propuestas, cada curso insistiremos a modo de orientación global, en el aspecto elegido, procurando de este modo avanzar conjuntamente en ellos. 

Curso 2016 -2017: En koinonía: vivir en comunión y corresponsabilidad al servicio de la evangelización. Encuentro Diocesano de Laicos 

Celebración del JUBILEO DIOCESANO (2017) 

 

 

Curso 2017- 2018: El kerigma o anuncio de la Palabra de Dios 

Curso 2018-2019: La liturgia, celebración del misterio de Cristo 

Curso 2019-2020: La diaconía o servicio de la caridad 

Año 2017: Jubileo Diocesano 

Durante el año 2017 celebraremos el 750 aniversario del traslado de la Sede Episcopal de Medina-Sidonia a Cádiz, y, así mismo, los 660 años de la creación de la Sede Episcopal de Ceuta. Se trata realmente de unos acontecimientos decisivos a los que se debe la existencia de nuestra diócesis, es decir, que la Iglesia que peregrina en el mundo esté viva entre nosotros y configurada en torno al obispo, sucesor de los apóstoles y garantía de unidad y catolicidad, en comunión con el sucesor de Pedro. Después de consultar el parecer del Consejo Episcopal y del Cabildo Catedral he tomado la decisión de pedir al Santo Padre, por mediación de la Penitenciaría Apostólica, la gracia de proclamar el año 2017 “Año Jubilar” de la Catedral de Cádiz y de la Catedral de Ceuta con el don de las Indulgencias. Es mi propósito decretar y promulgar este año de gracia para que, junto a las gracias singulares otorgadas, experimentemos una fuerte renovación interior que fortalezca nuestra fe y los vínculos de comunión eclesial, lo cual redundará en una vida cristiana mas viva y entusiasta y en una misión evangelizadora más eficaz y testimonial. Un año jubilar es un tiempo favorable para renovar nuestra pertenencia a la Iglesia con sentido de comunión; un tiempo en que resuena con fuerza y novedad la llamada del Señor a una vida nueva y santa, a la conversión que acrecienta en los fieles las virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad. El Templo Catedral, que es la cátedra del Obispo, expresa el vínculo de unidad jerárquica de la Iglesia que debe consolidarse con el propio Obispo y con el Sumo Pontífice para experimentar la fuerza del evangelio y de la evangelización. Por todo ello afrontamos esta celebración como un tiempo propicio para ahondar en el misterio, comunión y misión de la Iglesia, participando en sus sacramentos, que son manantiales de vida y santidad, y para participar cada uno en la misión evangelizadora común desde el don o carisma recibido del Espíritu Santo. 

Antes de comenzar el año jubilar la comisión creada para esta oportunidad --que está trabajando ya--, presentará el programa concreto de las celebraciones, catequesis, exposiciones, peregrinaciones, publicaciones, etc., medios con los que profundizaremos en nuestra pertenencia a la Iglesia local haciendo más vivible el gozo de ser cristianos, el valor de la unidad en la diversidad de carismas, y nuestra pertenencia a la Iglesia una, santa católica y apostólica. Nos ayudará, sin duda, recordar la historia de los santos de la diócesis y de aquellos que están en proceso de canonización, así como nuestro patrimonio cultural, fruto de la vida de fe compartida, o las devociones marianas en que se alimenta nuestra devoción. 

Seguimiento del proyecto pastoral 

Para impulsar y revisar la puesta en práctica del plan de pastoral convocaré a los fieles interesados –laicos, sacerdotes y religiosos--- que periódicamente podrán aportar sus consideraciones y velar así por la aceptación de estos objetivos y los medios para su seguimiento y ayudar a resolver las dificultades que puedan presentarse. Agradezco de nuevo las muchas aportaciones recibidas, hechas con tanto interés y sentido de Iglesia, para avanzar con la colaboración de todos sirviendo al Señor. Esta cooperación, expresión de comunión y corresponsabilidad, es la mejor garantía para seguir creciendo como Iglesia y afrontar los retos de la evangelización. 

Con la Virgen María, nuestra Madre 

María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, está siempre a nuestro lado. Ella cuida de nosotros como una Madre y nos asiste siempre para que vigoricemos nuestra fe y que sea más fuerte y viva. María comparte nuestra condición humana, pero con total transparencia a la gracia de Dios. No habiendo conocido el pecado, está en condiciones de compadecerse de toda debilidad. Comprende al hombre pecador y lo ama con amor de Madre. María es también Madre de misericordia porque Jesús le confía su Iglesia y toda la humanidad. Debemos invocarla para que cuide de nosotros y que, como en Pentecostés, nos acompañe en nuestra misión, llenos del Espíritu Santo y dóciles a sus impulsos. María invita a todo ser humano a acoger esta Sabiduría. Os invito a poner en sus manos mediadoras este proyecto que no quiere más que servir a la misión recibida del Señor sirviendo a los hermanos. Pidámosle que nos muestre a Jesús, su hijo, el Buen Pastor, y nos enseñe a «hacer lo que Él nos diga» (Jn 2, 5), para que vivamos la belleza de la fe y contagiemos la alegría del Evangelio. 

María, Madre de misericordia, 

cuida de todos para que no se haga inútil 

la cruz de Cristo, para que el hombre 

no pierda el camino del bien, 

no pierda la conciencia del pecado 

y crezca en la esperanza en Dios, 

“rico en misericordia”, 

para que haga libremente las buenas obras 

que él le asignó y, de esta manera, 

toda su vida sea “un himno a su Gloria”. 

Estrella de la nueva evangelización: 

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados 

para llevar a todos el Evangelio de la vida 

que vence a la muerte. 

Danos la santa audacia de buscar 

nuevos caminos para que llegue a todos 

el don de la belleza que no se apaga. 

¡Santa María, Evangelio viviente, Madre de la Iglesia 

invocada y amada en todos nuestros santuarios marianos, 

ruega por nosotros! 

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta

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