Viernes 28 de Abril, 2017

Carta Pastoral de Pascua de Mons. D. Rafael Zornoza Boy

Obispo

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Queridos fieles de Cristo, hermanos y amigos diocesanos:

Queridos sacerdotes, religiosos y consagrados, laicos y familias:

Queridos jóvenes y niños:

 

¡Cristo vive, ha resucitado! ¡Alegrémonos y felicitémonos! “La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (CCC 683) que nos hace rebosar de gozo.  “¡Jesús ha resucitado!. Y esto no es una fantasía; la resurrección de Jesús no es sólo una fiesta con muchas flores. Es mucho más: es el misterio de la piedra que fue descartada y que se convirtió en el fundamento de nuestra existencia. Es este precisamente el anuncio que la Iglesia da al mundo”, acaba de proclamar el Papa Francisco. Nosotros, los cristianos, vivimos esta verdad como el centro de nuestra existencia desde el primer momento de la vida de la Iglesia. Dice San Pablo que “si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe” (1Cor 15,14). Todas nuestras certezas se refieren en último término al misterio Pascual de Cristo, a su muerte y su resurrección, como, por ejemplo, el valor de la santidad, el amor a la Eucaristía, la caridad imprescindible, el valor del martirio, el apostolado y la evangelización. Esta verdad es la única que explica el ser de la Iglesia en medio del mundo y su misión,  puesto que es la verdad esencial que proclamamos razonablemente, más aún sabiendo cuántos peligros acechan hoy a esta afirmación en el corazón mismo de los fieles por teorías contrarias a nuestra fe que tienden a vaciar la sustancia de la esperanza cristiana.

 

A las mujeres que acudieron al sepulcro, la mañana de Pascua, el ángel les dijo: ”No temáis”. ¿Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado? ¡Ha resucitado!» (Mc 16,6). Pero – se  preguntan algunos – ¿verdaderamente ha resucitado Jesús? ¿Qué garantías tenemos de que se trata de un hecho realmente acontecido y no de una invención o de una sugestión? En primer lugar hemos de recordar que la certeza de la Iglesia sobre la resurrección de Jesucristo no es el fruto de una filosofía ni de un criterio espiritual preestablecido, tampoco es una utopía o un sueño, ni – menos aún – una fábula, sino que se basa en un «dato histórico de fe». Se trata de un acontecimiento único e irrepetible: que Jesús de Nazaret, el hijo de María que fue crucificado a la vista de todos hasta morir y después fue sepultado, salió vivo de la tumba, victorioso en una vida nueva, es decir, «resucitado».

 

San Pablo, escribiendo a no más de veinticinco años de distancia de los hechos, cita a todas las personas que le vieron después de su resurrección, la mayoría de las cuales aún vivían (1 Co 15,8). ¿De qué hecho de la antigüedad tenemos testimonios tan fuertes como de éste? Pero, además, como sabemos, en el momento de la muerte de Jesús los discípulos se dispersaron, dando su caso por cerrado: ”Esperábamos que fuera él...”, dicen los discípulos de Emaús. Es evidente que ya no lo esperan. Pero he aquí que, de improviso, vemos a estos mismos hombres proclamar unánimes que Jesús está vivo, y afrontar, por este testimonio, procesos, persecuciones y finalmente, uno tras otro, el martirio y la muerte. ¿Qué ha podido determinar un cambio tan radical, sino la certeza de que Él verdaderamente había resucitado? No pueden estar engañados estos hombres prácticos, porque han hablado y comido con El después de su resurrección, como atestiguan a cada paso. Ellos mismos dudaron en un primer momento y opusieron su resistencia a creer. Ni siquiera podían haber engañado a los demás, porque si Jesús no hubiera resucitado, los primeros en ser traicionados y salir perdiendo (nada menos que la propia vida) eran precisamente ellos. En realidad, sin el hecho de la resurrección, el nacimiento del cristianismo y de la Iglesia se convierte en un misterio aún más difícil de explicar que la resurrección misma.

 

Los que no creen en la realidad de la resurrección siempre han planteado la hipótesis de que se haya tratado de fenómenos de autosugestión, de algo que los apóstoles creyeron ver. Pero esto, si fuera cierto, constituiría al final un milagro no inferior al que se quiere evitar admitir. Supone, en efecto, que personas distintas, en situaciones y lugares diferentes, tuvieron todas la misma alucinación. Por otra parte, las visiones imaginarias llegan habitualmente a quien las espera y las desea intensamente, pero los apóstoles, después de los sucesos del Viernes Santo, ya no esperaban nada. Con estos argumentos históricos objetivos –entre otros – podemos argumentar nuestra respuesta que respalda la certeza de la fe.

 

Nosotros hoy, como las primeras comunidades cristianas, vivimos de la fe en la resurrección del Señor. Los cristianos de todos los tiempos conocemos y vivimos con la misma hondura el misterio de la Resurrección en nuestras vidas. La prueba mayor de que Cristo ha resucitado es que conocemos que está vivo, no porque nosotros le mantengamos con vida hablando de Él, sino porque Él nos tiene en vida a nosotros, nos comunica el sentido de su presencia, nos hace esperar, vivir, servir, amar. La resurrección es el dato culminante de la fe en Cristo que confirma todas las promesas del Antiguo Testamento. El Señor ha sido fiel a su amor y se ha dado sin límites, desbordándose. La resurrección confirma la divinidad del Señor, verdadero Dios y verdadero hombre, y nos enseña la verdad íntima acerca de Dios –que Dios es amor – y desvela la salvación humana. Cristo en su misterio pascual lleva a su plenitud la revelación de Dios, que es autorevelación definitiva de Dios.

 

Haciendo una comparación – empleada por el Papa Benedicto XVI – podríamos decir que la resurrección de Cristo es, para el universo espiritual, lo que fue para el universo físico –según una teoría moderna – el Big Bang inicial: tal explosión de energía como para imprimir al cosmos ese movimiento de expansión que prosigue todavía, miles de millones de años después. De modo parecido, si se sustrajese a la Iglesia la fe en la resurrección, se esfumaría todo,  se apagaría la fe, como cuando en una casa se va la luz. San Pablo escribió: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10,9). En efecto: «La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo», decía san Agustín. Aunque los paganos y los agnósticos piensen que Jesús ha muerto, los cristianos creemos, sabemos y afirmamos que también ha resucitado, hasta tal punto que no se es cristiano si no se cree esto. Así, resucitándole de la muerte, es como si Dios confirmara la obra de Cristo, le imprimiera su sello. «Dios ha dado a todos los hombres una garantía sobre Jesús, al resucitarlo de entre los muertos» (Hechos 17,31).

 

Queridos hermanos. ¿Cómo celebrar nuestra Pascua? “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba” (Col 3,1): estamos llamados a resucitar  con Cristo y a “buscar las cosas de arriba”. Decía san Agustín que «toca a Cristo quien cree en Cristo», pues los auténticos creyentes experimentan la verdad de esta afirmación. El Señor Jesús es una creatura nueva, lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.  Sin duda se trata de una realidad bellísima, pero no es un sueño o un ideal inalcanzable. De no ser así parecería que el pecado y la muerte son más fuertes y condenan al hombre a una vida de obscuridad. Sin embargo el poder y el amor de Dios son más potentes que el pecado. Pero no, el amor es más fuerte y Dios suscita en el corazón de los hombres anhelos de conversión, de bien, de transformación, y El, con su providencia divina, nos conduce por caminos de salvación. Creer vivamente en la resurrección del Señor, aceptarla y experimentarla, nos lleva a vivir una nueva vida llena de esperanza, de fortaleza y de amor. Resucitar con Cristo será no vivir más en el pecado, sino participar con Cristo en el misterio de la cruz y la salvación de los hombres y vivir como peregrinos hacia la plena posesión de Dios, y triunfar con su victoria sobre el pecado y la muerte. Pues bien, de este modo, así como María reconoció a Jesús resucitado cuando escuchó pronunciar su nombre, quizá muchos fieles puedan descubrir a Cristo resucitado cuando experimenten su amor, cuando comprendan su pasado, su presente y su futuro a su luz, cuando hagan la experiencia de Cristo resucitado en sus propias vidas.

 

El Señor está presente en su Iglesia y la guía. La barca de la Iglesia vive en el mundo en una situación difícil y paradójica, pues siempre parece que es tan frágil que va a hundirse, pero se agarra a la mano del Señor que ha resucitado, y es El quien la mantiene a flote mientras camina por la historia turbulenta de los hombres. Es como si se encontrara entre dos campos de gravitación, sólo que desde que Cristo ha resucitado la gravitación del amor es más fuerte que la del odio, y así se explica que, a pesar de todos los cálculos que la daban por muerta, ella siempre reaparece con una inesperada renovación. Aunque tengamos siempre la impresión de que va a hundirse, resulta que la mano del Señor que ha vencido a la muerte la sujeta mas fuerte. Vivamos, pues en ella con confianza y sin avergonzarnos, orando, colaborando, aportando nuestra caridad y la misma vida, nuestro servicio y amor.

Con Cristo resucitado amamos el presente y a nuestra sociedad, tan herida, donde parece que se impone el egoísmo y la desesperanza. La luz de Cristo resucitado ilumina las tinieblas de la vida --desigualdades, esclavitudes, corrupción, rivalidades, atropellos y marginación— y tantas miserias que inducen a vivir con miedo y despreciando la vida propia y la ajena. Quienes conocemos la vida del Resucitado creemos que su luz llena los corazones y produce las conversiones a la justicia, a la verdad y al amor que brotan de su misericordia, ese amor eterno al que aspira todo ser humano y que viene de Dios. Esta es la misión de la Iglesia, que está llamada a repetir desde dentro del corazón: “¡Cristo ha resucitado” en los problemas cotidianos, en las enfermedades que hemos vivido nosotros o alguno de nuestros familiares, en las guerras, en las tragedias humanas. También nosotros, en esta tierra de dolor, de tragedia, con la fe en Cristo resucitado, tenemos un sentido. En medio de tanta calamidad hay un horizonte: está la vida, está la gloria. Es la cruz con su ambivalencia. «En esta cultura del descarte en la que lo que no sirve toma el camino del “usa y tira” y acaba descartado, lo que no sirve termina siendo, en realidad, fuente de vida» (Francisco, Homilía de Pascua, 2017). El Señor Resucitado sostiene nuestras vidas y se ofrece al mundo entero para que encuentre su felicidad, el gozo de los santos. Ellos, que también fueron antes pecadores, han vivido entregando su vida como hizo el Señor por nosotros y su presencia ha transformado el mundo a su paso. Por esto hicieron grandes hazañas en la evangelización, promoviendo la justicia, entregando la vida por los necesitados, excluidos y marginados. Nosotros hemos de obrar de igual modo, imitando a Cristo.

Con Cristo Resucitado vivimos un fuerte anhelo de la vida eterna. La expectación de la segunda venida de Cristo, para establecer su Reino definitivo, indica la firmeza de la espera cristiana de la parusía: «cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga glorioso desde el cielo», decimos en la Santa Misa. El pensamiento de la segunda venida de Cristo ha de llevarnos a vivir siempre vigilantes, espiritualmente preparados. El cristiano sabe −con una sabiduría enraizada en la fe, «fundamento de las cosas que se esperan» − que el Evangelio es una comunicación que comporta hechos y cambia la vida, porque quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva; sabe que su existencia no es un sinsentido, de modo que la fe en la vida futura transfigura la presente y la llena de contenido. ¡Qué importante es esta mirada, pues ayuda a relativizar lo temporal y a apostar por lo que no pasa! Este criterio de eternidad nos enseña a invertir en la caridad que perdura eternamente, y a despreocuparnos de asuntos vacíos que nos desgastan enormemente pero de los que no quedará nada, y nos libra de grandes decepciones cuando las realidades mundanas en las que pusimos nuestra afición, afecto y esperanza, antes o después nos defraudan.

 

A través de la liturgia de la Iglesia entramos en especial comunión con el Señor Resucitado. La liturgia terrena nos une a la liturgia celeste. La liturgia nos invita a encontrarnos personalmente con el Resucitado y a reconocer su acción vivificadora en los acontecimientos de la historia y de nuestra vida diaria. Los misterios de la vida futura que se manifiestan en la liturgia son hechos actuales y presentes. «La belleza de la liturgia es parte del Misterio pascual: es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra» (Benedicto XVI, Exhort. Apost. Sacramentum caritatis, 22 de febrero de 2007, n. 35). Unimos nuestras voces de la Iglesia en la tierra en cada celebración al «clamor de muchos ángeles que rodeaban el trono, a los seres vivos y a los ancianos» (Apc 5,11). Este año en que estamos estrenando la nueva edición del Misal Romano en castellano vivamos la liturgia con una especial conciencia de la comunión de toda la Iglesia, y descubramos la grandiosidad de esa alabanza universal. De modo particular experimentaremos la profunda comunicación con los bienaventurados cuando celebremos las fiestas o memorias de los Santos. En esos momentos, la Iglesia no sólo aclama con agradecimiento la obra divina en la vida de tantos hombres y mujeres, sino que pide a Dios −y de algún modo consigue− unirse a la compañía de los bienaventurados. Aeterna fac cum sanctis tuis in gloria numerari, “¡Haz que nos asociemos a tus santos en la gloria eterna!” (cf. Himno Te Deum.)

Es un signo muy importante, como sabemos, el cirio encendido en la Vigilia Pascual pues nos recuerda a Cristo vivo que ilumina las tinieblas de la noche del mundo. En cada celebración su luz alumbra el altar al tiempo que nuestra vida. Podría recordarnos la existencia de nuestra vida de bautizados, fieles del Señor –pues nos acompañó encendido en nuestro bautismo, confirmación y primera comunión--. Su imagen podría ayudarnos a caminar durante esta Pascua. San Jerónimo dice a propósito de los cirios que se encendían para leer el Evangelio: «En todas las iglesias de Oriente se encienden cirios de día cuando se lee el Evangelio, no para ver claro, sino como señal de alegría y como símbolo de la luz divina de la cual se lee en el Salmo: vuestra palabra es la luz que ilumina mis pasos».  El teólogo Romano Guardini, siglos más tarde, invitaba a los cristianos a imitar el porte y la misión del cirio: “Todo en él nos dice: "¡Estoy dispuesto, estoy alerta!". Y el cirio está, día y noche, allí donde debe estar: ante Dios. Nada de cuanto compone su ser escapa a su misión; nada frustra su fin: el cirio se entrega sin reserva. Está para eso: para consumirse. Y se consume cumpliendo su destino de ser luz y calor. "Pero, ¿qué sabe de todo eso el cirio -me dirás- si no tiene alma...?" Es verdad. Entonces tú debes darle una. ¡Haz del cirio el símbolo de tu propia alma!» (Los signos sagrados).

 

Os invito a extraer algunas sencillas consecuencias para vivirlas con confianza y agradecimiento a lo largo de esta Pascua:

  • vivamos en comunicación permanente con el Señor, que vive y nos ama infinitamente
  • recibamos en los sacramentos el alimento que nutre nuestra vida sobrenatural
  • busquemos la santidad en la práctica, haciendo siempre la voluntad de Dios
  • seamos coherentes, de vida ejemplar, superando nuestros pecados con la gracia del perdón
  • crezcamos en la comunión de la Iglesia, afectiva y efectivamente, en la propia comunidad, parroquia, en la diócesis, con el Santo Padre
  • que nuestra caridad fraterna se haga patente, delicada, firme, testimonial
  • experimentemos la caridad de Cristo en nuestro corazón para transmitirla en un servicio amoroso con los necesitados
  • anunciemos a todos la belleza de la vida cristiana, el primer anuncio de la fe, proclamando la salvación de Cristo
  • dejemos que nuestra fe renueve todas las cosas al estilo del evangelio de Jesús
  • evangelicemos, llevemos a todos la Buena Noticia que es Cristo
  • que nuestra alegría contagie esperanza y vida a cuantos nos rodean o piden razón de nuestra fe

 

No olvidemos invocar a María en el tiempo pascual: “¡Alégrate, Virgen María, Aleluya!”. Nuestra Madre, la Virgen María, experimentó antes que nadie la visita de su queridísimo hijo resucitado, aquel que había tenido muerto en sus brazos después de crucificado. Ahora, como Madre de la Iglesia, reconoce en nosotros el rostro de su Hijo, impreso en nosotros en el bautismo, y nos acompaña mientras caminamos en el mundo hacia la plenitud del cielo para gozar de la plena victoria del Resucitado. Ella es la estrella que nos guía a donde está Cristo triunfante, como cantaba San Bernardo: “Mira la estrella, invoca a María, y no tendrás nada que temer”.

 

Celebremos, pues, la Pascua de Resurrección. Os deseo a todos la alegría y la gracia de Dios. “Este es el día en el que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo 117). Que la paz esté con vosotros. ¡Feliz Pascua!

 

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta

 

En el Domingo de la Pascua del Señor, a diez y seis de abril de dos mil diez y siete.

 

 

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